miércoles, 17 de enero de 2018

La noche que se termino la cerveza

Sólo 4 latas. No más, no menos, el cuerpo sabe cuánto es el límite, lo necesario para mantenerse funcionando en espera de que todo lo demás afloje o resbale como debe, para que las letras comiencen a florecer como pequeñas diablas entrampadas en el desierto más inhóspito, anhelando su dosis anual de lluvia que les permita vivir por un espacio ínfimo y cumplir con su cometido, con la porquería de destino que la naturaleza les ha otorgado; así él, con la bebida, con esas latas de cerveza que parecían adueñarse de la situación, que le exigían ser parte de su ser, no importaba si afuera hacían 37 grados o solo 8, si la ciudad se desmoronaba por temblores o si el maldito campo le recibía en su seno. Eran sólo 4 condenadas latas que le enseñaban el dolor, sólo un poco, sólo para mantener las ideas lucidas, para hacerlo un poco feliz, gozando de su propia inmundicia, de aquello que le provocaba y lo mareaba. No terminaba ebrio, no le gustaba ya, su vida había sido eso previamente, accidentes en auto, caídas, peleas, rompimientos traumáticos y aquello otro que ni siquiera podía hablar, aquello que lo mantenía apenas por encima del resto.
 
Eran casi las 10 de la noche, la ciudad se ahogaba tras una nueva prueba de sus dioses, todos maniáticos y frenéticos esperando un poco de paz, nadie la tenía, al menos no de manera fortuita, hace mucho que nadie era feliz; él no era la excepción ¿porque lo sería? Si era sólo otro hombre, con otro trabajo de mierda, con otra relación caótica como todos, con deudas y una salud que no era todo lo buena que podía serlo. Pero ¿quién en ese ambiente podía tener una salud buena? Recordaba los años anteriores que no importaba si nevaba o el frio era tal que podía congelar las bolas de quien osaba mostrarlas, era un infeliz lleno de vitalidad que bien podía amanecer en las frías calles decembrinas con un taparrabos y una botella de alcohol a su lado, sin mujeres, porque ya no podía, ya no lo amaban, aunque él las amaba a todas, e inclusive a algunos hombres afortunados, como pequeñas perras en celo que se acercaban a olisquear su entrepierna sudorosa no importando que el frio estuviera del carajo, todos amaban los cuerpos calientes; el de él era así, tibieza absoluta, un condenado radiador ebrio que maldecía y blasfemaba mientras las nubes etílicas cubrían el cielo.
Veía la espuma ascender, desde unos meses atrás tomaba el vaso y dejaba que la espuma se mostrara violenta y blanca, cual mar encrespado, ese mismo mar que años atrás lo revolcara, así lo prefería, le gustaba ver como se iba vaciando el vaso con una lenta calma, tras la cual emergió de ese mar picado, su padre lo busco y le dio tremenda regaño, luego su abuelo y finalmente su madre, todos le dieron su merecido golpe, porque era un ignorante, creía que así evitaba que todo ese gas entrara en su cuerpo, ya no soportaba el gas, de hecho el refresco lo pedía tibio y sin gas, así se lo había enseñado aquella mujer en su juventud, justo cuando termino para siempre con el deseo de ser algo, ella lo logró porque lo amo con tanta furia como las manotadas que lanzaba para volver a la superficie, alejándose de la oscuridad, romper la idea de que la cerveza se debía de servir con un mínimo de espuma, todos sus amigos así lo habían hecho, sus familiares lo apreciaban así, pero ahora estaba solo, rumiando su desamor eterno, parecía no estar hecho para ello, como si el sólo momento de permanecer un instante más debajo de ese oleaje rudo lo quisiera enmudecer. Ella se fue, no pudo con la infelicidad que sus ojos de perro apaleado le mostraban.
 
¿Cuántas horas transcurrían desde que abría la primera lata hasta que finalizaba? Probablemente ni 3. Pero a él le ayudaban a saber que seguía siendo aquel sujeto que alguna vez había vaciado una botella de Jack en una noche, o aquel insano que podía beber botella tras botella de vino tinto y luego quedar totalmente perdido; pero ya no es el mismo, todo cambio un invierno, aquel accidente lo cambio, lo dejo con una cojera que aparecía cada año, le cambio el humor, si antes era feliz en apariencia, dejo de querer aparentarlo, se sumió en constantes depresiones que lo obligaban a encerrarse por días o semanas, así perdió trabajos y mujeres, sobre todo ella. El último gran fracaso de su vida amorosa se cernía sobre la mujer que lo había quebrado. Ella se fue y no pocas veces la extrañaba, pero sobre todo le gustaba recordarla cuando sonreía.
 
Casi era octubre, la lluvia seguía instalada en la ciudad y las pocas veces que no llovía, el calor le arrancaba sudor hediondo, no importaba si se bañaba o no, el olor le pertenecía como un karma instantáneo; quedaba casi media lata, pero el ansia lo perseguía, parecía que lo necesitaba en el fondo, como en antaño, tal vez como aquellas veces que terminaba gritando frases en medio de un cuarto lleno de recuerdos, o como las ráfagas de viento que le recordaban a la tierra donde había medio muerto. Eso lo ponía nostálgico, alguien lo había impedido, pero él sabía que tarde o temprano regresaría a terminar con lo que se había propuesto. Debajo de la vitrina central había un par de botellas, tenían tanto polvo que era irrisorio pensar que alguna vez había vaciado tantas botellas en un mes que los de la vinata ya lo conocían. Era el viejo de la barba.
 
Lo primero fue un sin ruido, como si todo fuera ajeno, y todo estuviese en cámara lenta, al menos así lo recordaba, o tal vez fuera por tantas películas que había visto, pero aquello duro una fracción de segundo; lo siguiente fue el dolor, el peor que jamás sintiese, incluso más que aquella vez que le habían roto el diente, aquello no se le comparaba, la pierna no tenía ningún otro sentido que doler, se sabía atrapado, pero no podía hacer más, inmediatamente sintió el líquido que le bañaba la cara, espeso y pegajoso, era su sangre que le manaba de la cabeza. Todo empezó aquella tarde, ella le grito: me haces infeliz. Tanto como lo puede ser que sigas vivo. Pero no te puedo dejar de ver, es como un maldito chiste. Y no me estoy riendo. Aquello le pego, duro, a la cabeza como un golpe directo, como una conmoción cerebral, claro, apenas un par de horas más tarde la conmoción sería real, o por lo menos lo que él creía que era una conmoción, el asfalto se veía lúgubremente brillante, si pudiera existir tal, como si le hubieran subido el brillo al rayo del sol y todo fuese sumamente claro. Ahí con la cabeza a punto de reventársele por el golpe en el techo del auto, es que comprendió que el alcohol y el dolor no debían ir acompañados de un auto. Pensó que tal vez ella se conmiseraría si lo viera todo roto, pero sabía que no. Que nunca más volvería.
 
El policía gritó, el bombero igual, los paramédicos lo zarandearon, luego vinieron los del seguro, los demás compañeros del cerdo de azul, la luz intermitente y titilante de la sirena de todas las condenadas ambulancias del universo, ahí sumido en su dolor, recostado entre el pavimento con el pantalón cortado de pe a pa, los poderosos dedos de los rescatadores lo sujetaban con firmeza, la cabeza parecía quererle estallar, los alaridos lo desconcertaron incluso a él, eran los suyos, pero le parecían tan lejanos y absurdos que por una fracción de segundo parecía alguien que estaba sufriendo lo peor. No lo era, pero casi, el golpe de la cabeza seguía manando hemoglobina, pero nada de ello importaba; estaba sin ella, parecía que todo se resumía a lo que le había llevado a beber y luego coger el auto para irle a buscar, aunque sabía que era innecesario, todo se había jodido.
 
Casi a la mitad de la última lata le asaltó la memoria la tarde que la vio irse, coger su maletilla con sus pocas cosas y perderse en la calle bañada por la tarde otrora estival. Apenas había pasado dos años con ella, pero le sabia a toda una vida, más risas que llantos, pero al final no pudo con el dolor de saberse menos, de nunca poderla hacer todo lo feliz que ella hubiera querido. Se gritaron tanto el último mes que parecía que todo había sido así desde el inicio. Pero no. Siempre la recordaría, tanto como el dolor de esa tibia fracturada, o el olor al asfalto o el goteo de su sangre sobre la parte superior de lo que había sido un auto bonito y luego fue vil chatarra. Ella sería parte de esos momentos de dolor que le acompañarían por siempre y esperaba que para ella fuese igual, que allí donde morara o siquiera estuviese viva, el recuerdo de aquel sujeto le durase para el resto de su vida. Bebiera o no cerveza.
 
SR Verano 2017

No hay comentarios:

Publicar un comentario