lunes, 1 de enero de 2018

una lista de equivocaciones que cometí cuando bebía salvajemente

Alcance

Sentado ahí
mientras trago
un plato enorme
de gelatina;
espero, la noche de
mierda
en el calor inhóspito
de verano, y el
sudor corre desde
mi no pelo
hasta el hoyo del culo.

La música es salvaje,
y se detiene en los
momentos justos;
redoble aquí
trallazo allá, sudor
que huele
rancio, y la gelatina
pica mis dientes. 

El tipo canta sobre
animales místicos,
guerreros de la cerveza y la
hemoglobina a
raudales que fluyen,
como un rio bestial.
 

El desierto abre
sus puertas a menos 10 pasos
afuera. Hormigas
gigantes saborean la
sal del condenado aire
mientras trabajan sin
parar.

Marabuntas infernales que
se deslizan, cual torrente tras
la dosis.
 

Sin nubes, sin aire
corrosivo, únicamente el
aroma de sudor que emanó.

Estas son mis
primeras letras en
casi 2 meses
una puta me
saco de todo el
juego, me cortó el
corazón en trizas y yo
le devolví el favor gritando
su nombre mientras
bebía. Abrazó una
               biznaga azul,
escupo los huesos de
alguna jodida rata procesada.
Vació el esfínter en
medio de arcadas, y el
dolor inunda todo, lo
convierte en vino.
En letras.
En nada hermoso.

aire
 

Huele a césped
recién podado con
el sol de junio a
                plano hirviente
sobre su cabeza,
de pelos grises
              y rojos ceniza.
Medio día y no hay
cerveza en las latas,
        el puño aun palpita
                 y la sien bombea, 
           siempre feroz.
 

Se recarga en los adoquines
de cemento y cal,
         moja el viento,
           con la brisa
           de una cada vez más cercana
         lluvia tempranera
sin arcoíris, sin halos de misterio
animales, fieras, insectos
            de antenas
            de pinzas
nudillos.
El cigarro en el suelo,
y los anillos de las
latas apuntan hacia cualquier
            parte.
 

La casa en silencio
sin lloriqueos o
amenazas o
gritos agudos.
Sin vecinos chismosos,
viejas parturientas de
uteros gordos y culos
           peores.
 

Sólo el viento del norte,
   aue levanta el aroma
          a pasto verde en los
         ultimos días de verano
       en Cali;
con las casas llenas de
cortinas cerradas y
horrores apagados.
 

La mirada en el horizonte,
su nombre era José
o Pablo o
Demetrio
o cualquier
     jodido
              nombre
del sur,
conserje de día y
un tipo majo de
               noche.
 

Le gustaba el sabor de la
cerveza, de los
               Marlboro
del coño de las chicas
de los tulipanes abriendo
                             en pleno
                               verano;
de los tacones de algún
                              vertedero
con sueños de dolores,
del sexo fácil,
de palmeras,
y la brisa del
océano.
 

Siempre apestando
a cigarro de empaque
                       rojo,
con las cervezas
en el auto
en una hielera pequeña
de menos de 3 latas,
                 grandes.
 

El letrero de su
anuncio dice:
               todos menos.
No es broma, no sonríe nunca
tal vez ni al oler coños
                            frescos;
culos en bikini de
          crema de coco,
en vodka y arándano.

Le gusta soltar uno o dos
puños a sus cortes
a veces más, nunca menos,
tres y ellas lloran;
aparece el chulo y
se muelen a golpes,
narices rotas y
dientes partidos,
en el clímax, del
buen hombre que
escupe sangre hacia
un rival, a la vida,
a la gloria, a su coño
que esta acurrucado junto
al resto en
               la baranda,
se soba el cachete, el auto,
la teta, el alma,
gana por poco y antes
de reventar al tipo
lanza un beso a la mujer
que corre a la bolsa,
              el arma,
                la detonación,
un instante
                  vacilan
               todos callan.

Los gritos, más sirenas
y luego de nuevo:
la risa cínica,
mordaz, él enrolando
el bigote negro y largo
sin dejar jamás de
sonreír,
          de escupir,
de lanzar insultos
en español…
Lento, con la mirada
fija en un pequeño hijo de perra
que tiene miedo de levantar las
pantaletas del suelo,
y hacer una seña de
                   Silencio.
                  Sin pies.
                  Sin caminar
                   jamás.
Avanza hacia el
                         otoño.

Casa de citas en las afueras de la ciudad de México.

-Hay marihuana detrás-
dice la mujer del
cuello hermoso,
sonrió como idiota,
ultimamente me pasa
eso, todo son sonrisas
idiotas;
la veo salir en
un camisón azul
cielo, nalgas duras
el cerebro está bien
la  hierba aun no le
reduce la capacidad,
               sus parpados
              ríen junto a mí.
 

Habla lento, sexy como
si fuese algo mayor,
con la lengua por encima
         del labio cada
                                 tanto,
su casa arde, la sala
da vueltas;
tiene un sofá donde
duerme casi
siempre, ahí
            la conocí,
   ahí me enamore
    de su marihuana,
y su cerveza importada.
 

No le gustan mis pies
                     enormes,
le fascina el tridente
de colores de mi barba,
bebe cerveza hasta desmayarse
y luego se va con quien
                          pueda.
Le gustan los tipos rudos.

Le encanta el sabor salado,
cocina pasteles con hash,
toma café sin crema.
Y acaricia el perro,
cual coyote famélico que le acompaña;
luego salta de atrás del
         sofá y canta,
voz grave, pesada,
canciones de blues
grasoso, cortante,
                 sin prisa, con
los pies descalzos
y las uñas azules,
a tono con su
 vida;
yo bebo,
luego cago
y me voy a
casa. Mi mujer
me espera.
Los niños esperan,
el whisky fino aguarda,
el sofá es cómodo.
Igual que ella.
Ella canta sin
          prisa.
Canta acerca del
dolor. Completamente
borracha y desnuda.

La conocí en la escalinata de una iglesia de cantera rosa


Me da su mano
       delicada,
confortable, ternura
pura y sin
ambiciones
          desmedidas.
Abre su pecho cubierto
con la enorme cruz
            de madera,
            cuentas,
colores, trozos benditos.
 

Y el sol asoma detrás;
el baño, la bendición
el aroma, la carga
              que me vuelvo
al tercer día,
con mi barba marxista
y el aliento a perro,
a estrellas muertas,
          a galaxias extintas
y tierras sin dioses.
 

Que vienen, se agitan y
blasfeman cuando abre
                  sus nalgas.
La tierra prometida
           sin olor a
           mierda,
a sabor rancio, a
perfume barato y de
farmacia. A
                         sangre
                         vendita,
y adorada por cristo; besada
por algún cretino,
arrojada del cielo.
 

Y la eterna mirada hacia
arriba, implorante,
           deseosa de volver
               a la gloria;
de sentir el paraíso,
           de gritar de alegría,
                      y saber que
                      dios aún vive,
gime; controles apagados,
                           catequismo
                                  tirado
                 en un condón.
Amo y señor en carne,
sin promesas vanas.
 

Carne firme, blanca,
llena de pecado
y culpa devenida en
azotes, y
la necesidad de tocarse,
de venirse,
de seguir ahí.
 

Con sueños cubiertos por
el crucifijo tallado,
colgando hacia abajo,
apuntando al enemigo y
glorificado con
 esperma corriendo en
cascada por sus muslos.
En la cama neutra,
dios. Ella sonríe,
como antaño.

Ziux

El tipo pelea sus gallos
para sobrevivir,
usa un jorongo viejo,
y es calvo como una
piedra tostada al sol.
El tipo habla lento
y con acento raro,
yoma whisky
            y habla de gallos.
 

Tiene una barba negra
en perilla y lee a Tolstoi,
mientras oye morir sus
condenados animales de
color rojo fuego.
Gana más, pierde más
toma whisky barato de
yna petaca lisa
con lomo plateado.
 

Vamos a su casa
llena de herramientas
para sus animales.
Y libros,
miles, de todos los
que pueda saber.
Pero siempre lee a León cuando
va perdiendo; no ve
las peleas.
 

Sólo tiene un sillón viejo
azul o algo así,
el cielo se retuerce sobre
si, con ráfagas que
chocan en el cerro
quemado, la casa aúlla,
los perros le siguen,
el tipo lee a Kipling
      mientras el sol se pierde,
me ofrece de su whisky y
me lee a kipling,
luego aúlla con el
resto del lugar,
mientras atrás
los gallos se
sacuden en violentos
combates, sin tregua,
sin otra forma de
seguir con vida.
 

Ríe el tipo calvo con la perilla
negra,
y se desploma en el suelo
de tierra apisonada;
en espera de algún
alacrán de color
                amarillo.
 

Los gallos rojos mueren,
todo se carga al
suelo que es cálido, 
sin sobresaltos.

Y al final todos terminamos en un bote de basura

Esta obscuro y
quiero escribir
cosas jodida-
mente enfermas;
sobre su pelo, sus
senos, sus nalgas.
Y al final reincido
bebiendo alguna mierda
con cientos de días
en el guetto de la
fermentación.
 

Escupo algunas
cosas,
vomito
otras tantas,
sus ojos claros,
y las piernas
calientes al igual
que el resto de
          ella.
 

Aunque lo niega
y se esconde
atrás de una manta,
en espera de que
llegue con el aliento
pesado, y la sangre
hirviendo y
el asunto rígido.
 

Me niego y me tumbo
en sus piernas con sabor
a hembra;
en silencio absurdo
y luego
vuelve,
cual gata callejera  que
algún hijo de puta
apaleó.
 

Compartimos pan
y un bol
lleno de dulces con
excesiva azúcar,
con las caries a cien,
los dientes jodidos,
llenos de manchas,
de sarro.
 

Nos besamos y jala
todos los pelos sudados
de mi torso,
           le gusta que no
           me bañe diario,
antes bebe un trago de
vodka ruso o local
que sabe a meados de
esquimal.
 

-eres un tipo sencillo,
demolido y lleno de
mierda dentro de la cabeza-
dice mientras se
acomoda el pantalón,
negro vaquero.
 

Se sube el zipper y
voltea lanzándome
un beso que ni siquiera
trato de atrapar.
-imbécil- llama.
-también te quiero pequeña
puta- contesto.
 

Se sube a la cama y me
besa, se tumba al lado y
enciende la  carta de  espadas
de la baraja. Cree en
esas mierdas.
Zapatos altos y
de tacón.
La carta con
las espadas humea;
mientras el
plástico se contrae
como mi pene.
 

Se para y asoma el regor-
             dete rostro por la
ventana. El culo
apetitoso. El sol que
aun no aparece bien en
el desierto.
 

Se larga con el bramido
de mi v-8 gastando
gas como si no nos
estuviéramos cagando
de hambre. Son
las 4 am.

Hay 2 caminos, siempre.

Pequeños escritos en
su culo. Una letra roja
que adorna el
pecho pequeño;
heredando
los instantes que tornasolea
el hoy, mañana, todas
mueren. El gris del suelo
refleja sus
nubes, a punto de vomito…
quedamos absortos, sentados,
frente a un árbol
lleno de espinas e insectos,
minúsculos.
 

Derramo el oro de la cerveza
Entre las 3 piedras rojas
del circulo que algún
chaman creyente
trazó.
 

Masticó la pared,
que sabe a cuentos sucios,
muertos, furiosos,
impasibles, violentos,
salvajes animales
que hay que montar en
las estrellas.
 

Sin silla, sin arnés,
la oscuridad,
el cielo encapotado;
cerveza y carne
mientras una mujer desnuda danza
con el vientre hinchado y los
ojos cerrados.
 

Voltea al firmamento,
baila más rápido,
con la sangre coagulada en sus
plantas, y las piedras del
rito. La madre llorando
por el hijo que se ha ido.
Y la condenada
cebada que se
vuelve vapor.
 

Todos huyen bajo
el ruido que avanza
de la tierra. El tambor
de guerra, de millones de
años,
sin detenerse. Con los ojos
fijos.
 

Salta el tiempo,
pelear o perecer en el
aire hirviente.
 

Cada gota muere, todos
caen de bruces, el cielo
sigue rojo y nada
                      Se entiende.

SR Septiembre 2014

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