No hay lluvia, mejor, la lluvia solo vuelve lenta a las personas y en barrios como ese resbalarse es sinónimo de debilidad. Tal vez quince o veinte veces al mes ha pasado frente al mercado, pero ahora está ahí, y se detiene en un puesto más sucio que limpio, para comprar los muslos y el huacal para hacer el caldo.
El mundo gira y ella continua su rutinar, la pequeña cocina de color ocre es donde se encuentran las dos figuras: una delgada y joven, la otra recluida en una silla de ruedas; la madre la observa desde el aparato ortopédico, la chica tararea una canción pegajosa, llena de ritmo, de pronto se le sueltan los pies, mueve un poco la cadera y ondea el cabello obscuro, sujeto apenas por una coleta, al ritmo de la música. La madre cierra por un momento los ojos y se deja llevar por el frenético baile. Quisiera ella estar ahí, de pie, al frente de la pequeña estufa de color malva, lejos de la muerte vuelta caucho y metal bruñido. La chica le habla mientras con la cuchara deposita un poco de sal en la cacerola, la madre sale del ensueño y aterriza en la cruel realidad. A su lado, un pequeño rectángulo de plástico aún tiene los deshechos de verdura, cebolla y chile. En uno de los costados de la mesa, con apenas 3 sillas, descansa una bolsa vacía que decía garbanzos. La señora contesta con monosílabos. Está harta, lleva casi 3 años en aquella prisión, ella que siempre había sido tan activa, llena de vitalidad y ahora condenada a estar encerrada, y que de vez en vez su hija la saque a la banqueta, nunca más allá. El marido se fue, menos de 4 meses después de que la camioneta de pasajeros se quedara sin frenos y se llevara todo. Voltea desesperada, ahí donde debiesen estar sus rodillas hay vacío. Le vuelve a roer el alma el desasosiego.
La chica entra a la otra habitación separada apenas con una puerta de metal -la que empieza a picarse de oxidó por lo bajo- en la cama hay una sudadera oscura hecha bola, se sienta sobre el cobertor y contempla la nada existente entre su cabeza y la pared apenas bañada en pintura, se descarapela cada tanto y con la misma celeridad se dejan apreciar el aplanado que años atrás su papá hiciera. Eran otras épocas, la colonia no tenía luz luego de las 7 de la noche y salir era arriesgarse a caerse en alguna zanja, ser atacado por un perro, pisar mierda de humanos o de animales, o algo peor: la gente de los Lira. Puro malviviente que ya habían violado a casi todas las de la colonia, le decía su mamá. Pero para ella, lo peor era ese olor a caño perenne, como si ni bañando al mundo en perfume, se pudiese quitar la sensación de suciedad que se percibía en el ambiente. De las pocas veces que habían salido al pueblo de su madre, en Amaxac, recordaba que le embargaba un odio volver a casa; al sitio lleno de tierra, perros callejeros y rapiña. Antes le gustaba el campo, cuando era niña le gustaba ir con sus primos y volver hasta altas horas de la noche a la casa de su abuelo. Aunque tampoco es que hubiese muchas cosas en aquella casa, apenas un colchón para los tres y los demás en otros colchones, no tenían siquiera luz y mucho menos una televisión. Pero eso había sido mucho antes de la primera fuga. Luego el padre desapareció y con ello la escaza oportunidad para largarse de allí.
Pero ahora está allí, sentada en la cama mirando hacia la pared que separa la habitación con el resto de la construcción, se siente bien allí dentro, como si todo lo malo estuviese fuera de esa pieza, esperando y acechando por ella. Coge el teléfono y espera por las alarmas. Nada importante, hace semanas que no tiene nada. Su última amiga soltera se ha casado menos de 3 meses atrás. Tampoco es tan malo, ella se ha escapado de eso porque no le gustan los hombres. Bueno, no todos, pero los que le gustan jamás se fijan en minúsculas figuras como ella. Avienta a un lado el aparato que despide un pequeño arco mientras cae en los pies de la cama. Se endereza y se queda un instante sin mover un solo musculo. Quieta, sintiendo inclusive como vibra un poco la habitación cuando pasan los camiones en la avenida grande, cargados de cuanta mierda exista. No importa que este a 2 calles de la avenida, todo vibra igual cuando le pegan a uno de los baches.
***
Casi las 10 de la noche. No tiene ganas de cenar, no tiene sentido ponerse los zapatos nuevos. No le gustan, se los compró a la vecina porque le estuvo chingando muchas horas para que le entrara a la compra por catálogo. No le gustan sus vecinos, la que menos es una pendeja y se deja madrear por su marido, o le pone el cuerno con el compadre. Los niños de los vecinos le cagan. Los amigos de la infancia los abomina. Quisiera que no existieran… no, de hecho quisiera que existieran, pero que sintieran tanto dolor como les fuese posible soportar. Sacude la cabeza y lanza una mirada despectiva a la sudadera que le hace guiño, imperceptible para cualquiera que no sepa una mierda de las complicidades entre una mujer y su ropa.
Le prende a la tele y la figura engalanada del mandatario local le provoca franca flojera, nunca ha ido a la capital del Estado, conoce mejor el centro del DF, le gusta la Alameda y los adornos de Bellas Artes. Un tiempo trabajo en una de las miles de tiendas de dulces y demás baratijas de por allá, le tomaba casi 2 horas y media de camino y otras tantas de vuelta, a ella le gustaba irse así. Le gustaba alejarse de ese lugar, de esas calles iguales y repletas de lo mismo. Del olor a perro mojado, de las estudiantes embarazadas, de los narcos que no sabían otra cosa que estar chingando a los morritos de la secundaria. Le gustaba el centro de la capital, le gustaba caminar luego de salir de trabajar por las calles, ver que la gente no se paraba a saludar a nadie y que se movían como en automático, siempre apurados y llenos de vanidad. Le gustaban las figuras decorativas de las iglesias, los edificios religiosos tan diferentes al edificio plano y cuadrado de la colonia. Pero eso había sido hace años y le parecía imposible que volviera a pasar; la madre la había cagado, bueno, la habían cagado. No pocas veces desearía que mejor estuviese muerta a estar imposibilitada a hacer su vida de nueva cuenta. La cabeza le da vueltas y apaga el aparato. Se queda unos minutos viendo el reflejo en gris que le devuelve la pantalla.
Es otro día sin embargo, y la madre le pide de favor que traiga el pan de regreso del trabajo: una concha, tres teleras y un Garibaldi. La chica se pone a pensar que ojalá vendiesen churros todo el día, tal vez sea por eso que se ha vuelto tan amargada, porque le falta algo de azúcar a su vida, ese sabor extremadamente dulce que le proporcionan los churros que vende uno de los vecinos cada mañana, cada jodido día de la existencia; mientras los niños van hacia la escuela, las chamacas se dejan embarazar, los adultos se encaminan hacia sus empleos mal pagados y sus esposas se revuelcan en la imaginación con el anunciante de los jabones de la televisión. Casi desearía que todo eso se fuese al garete, que desaparecieran uno por uno todos, que la tierra abriese sus fauces y los devorara en un festín de tripas y gritos tan desgarradores que le cimbraran el cerebro y todo lo demás; tal vez se podría sentir viva y con ello dejar las ensoñaciones para aquellos que tuviesen el tiempo suficiente. Pero ahora ella tiene que caminar hasta la tienda de abarrotes, coger el mandil y ponerse a despachar; tres o cuatro horas después sale a fumar un cigarro mientras mira de reojo a los vagos de la esquina contraria, no menos de 5 veces le han querido meter mano, no menos de las mismas 5 veces ella ha corrido hasta la trastienda y vuelve con la pistola. La primera vez se burlaron de ella, parecía muy torpe, y lo era, pero aun así logro quitarle el seguro y disparo: poste; el tiro machucado que los hizo correr, no por mucho, solo estaban probando su temple, todos así son por aquí. La última vez le tiro un golpe a las bolas del “sayayin”, este quedo revolcándose en el asfalto sucio mientras el resto llora de risa. Ese día durmió bien, se pudo chingar a uno de esos condenados. Pero a veces eran banda, y saltaban por los menos afortunados para el trompo, al hijo del mecánico le hicieron paro cuando los morros del bachilleres le quisieron robar, los corretearon fácil, los otros no conocían bien el laberinto.
Ahí afuera todo huele a mierda igual, se vuelve a colocar tras el mostrador y a vender; regresa a casa, menos de 10 minutos antes de las 8, todos los días. Está obscuro y tras un par de pasos se escuchan los cohetes, desde la mañana ha habido pequeñas explosiones por todo el barrio, las gentes queman cartuchos de dinamita como si la regalasen; luces y pequeños gritos que se confunden con las figuras poco claras que corren tras aventar el paquete hacia la dirección más próxima. Nadie quiere perder los dedos o alguna otra parte. No hace mucho ella hacia lo mismo. Al igual que hace no tanto su padre le enseñaba a meter tanques plateados en los envases de vidrio y salir pitando mientras todos se escondían, temerosos de las pequeñas granadas de fragmentación que se habían creado.
***
Cena frugal de un caldo que cada vez le sale mejor, la vieja recostada en el cuarto que antes fuera de una pareja, la cama rechina tanto que el menor movimiento pareciese una declaratoria de guerra en toda regla. Las bisagras crujen, los muelles se zangolotean, los resortes del colchón se hayan tan llenos de óxido que si llegan a atravesar un día el colchón la mujer se va a tener que vacunar contra el tétanos. Igual y eso acaba todo, piensa la chica mientras sus ojos se quedan fijos en la imagen del televisor: noticias del mundo, noticias de la ciudad, noticias del estado, de la condenada esquina del universo que habita. Todo se resume a que cada día están más jodidos; deshielos, cáncer, violencia, feminicidios, la enorme desigualdad social entre una calle y otra, todos igualmente van hacia abajo, algunos les llega más rápido que a otros, pero todos son iguales hacia el final. Piensa, y se deja ir mientras las cucarachas se pasean en los pisos de concreto pulido. Se recoge en sí misma, atrae las piernas hacia su pecho y fija la mirada en el movimiento de esos insectos, quisiera estar muerta. No sabe porque, pero no es feliz, tal vez nunca lo haya sido; aunque cuando niña lo era, pero de eso hace tanto que ni siquiera recuerda como sonreía. Mira desganada el desplazamiento de las pequeñas partículas de polvo que danzan al amparo de la filigrana del foco de 60 watts. Es casi invierno, hace frio en la calle, tal vez no tanto como el que siente en el hueco donde antes creía que se hallaba el corazón, pero lo puede sentir a través de sus poros. Quisiera tener algo que hacer, algo que acabase con la rutina. Pero ni siquiera puede llorar, hace mucho que dejo de saber hacerlo, son casi las 12 de la noche, debiese irse a dormir, mañana le espera la misma chinga de todos los días, por el resto de la existencia, su vida.
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Camina de puntillas, apenas cubierta por la delgada tela de las deportivas de color vibrante que usa. No enciende las luces, se ha acostumbrado a la poca visibilidad de la noche, de vez en vez la sobresalta el ruido de algún vehículo que se aleja de aquel sitio. Luego el sonido de la calle, pareciese muerta, es casi la hora. En la mano izquierda lleva un rosario de cuentas que parecen perlas. Deslavadas y con pequeños tallones allí donde la grasa y la acidez de la piel humana la han desgastado. En la derecha lleva un cuchillo. Fino, casi 12 centímetros. Estaba dormida cuando escucho aquel ruido, se incorporó tratando de hacer el menor ruido, aun así pareciese que cada respiración es igual que prender la turbina de un boening 737-700, el único avión que su padre alguna vez le enseño mientras veían los despegues sobre la Zaragoza, le compró una nieve y un palo de azúcar, pasaron toda la tarde observando despegue tras despegue, mientras ella y los demás niños se maravillaban con el sonido de los aparatos emprendiendo el vuelo. Pero ahora ella está ahí, en casa, a oscuras mientras la noche parece tragarse al resto de la humanidad, no hay más, ella y lo que produce el ruido que la ha despertado. Tres pasos más y su sorpresa es mayúscula, empuña con fuerza el estilete y atiza la primera centellada, otra y otra y otra y otra. No para hasta que el sudor de la frente se mezcla con la sangre que le ha salpicado. Le tiembla el pulso y pareciese que en cualquier momento va a vomitar; abre un poco la cortina y un rayo de la luz de luna que se filtra le deja apreciar el resultado, su madre tendida con la mano en una posición ilógica. Yace inerte, con los ojos abiertos llenos de horror y con la sangre corriendo procedente de los enormes manantiales que hay en todo su cuerpo. Son las 3:45 am del 14 de diciembre.
Vierte el agua en el pocillo de peltre y prende la estufa, unos minutos después sirve el líquido hirviendo en dos tazas blancas como las bragas de la madre, pone una pequeña cucharada de café soluble en una de ellas, mientras en la otra desliza con primorosa cautela una pequeña bolsa de té. Se sienta frente a la silla que está a la izquierda de la taza del soluble. A su madre no le gusta la azúcar. Su padre por el contrario le ponía dos cucharadas a su té. Siempre había sido así. Saca del bolsillo de la sudadera el cuchillo, las manchas secas de sangre cubren la hoja, lo pasea frente a su rostro mientras deja de pensar en cualquier cosa; se acerca despacio hasta la pequeña tarja y con la palangana repleta de agua lleva sus manos hacia la cara, arriba y abajo tratando de borrar las salpicaduras, se observa al final en el espejo, apenas unas parduzcas insinuaciones quedan sobre el mentón. Es casi el final de la madrugada cuando coge el morral pequeño en donde solía cargar su cartera, sus llaves y la tarjeta del metro. Se persigna antes de salir a la calle. El frio la sorprende, pese a que ha salido antes a esa hora, hacía mucho que no lo sentía tan fuerte. Comienza a caminar en dirección a la avenida y antes de darse cuenta da media vuelta y enfila hacia la calle lateral, aquella que saca a la iglesia a y la panificadora. Oscuridad absoluta rota por los motores y las luces de los vehículos que asoman muy poco. Aun así el ruido de los microbuses, tres o cuatro calles atrás, rompe la monotonía del espacio, cierra la palma de la mano sobre el cuchillo que descansa en la bolsa delantera de la sudadera negra; las pisadas solitarias de alguien la sacan del letargo. Un hombre, tosco, seguro uno de esos cabrones que viola morras, piensa. Tres o cuatro pasos suyos por 7 de ella. La distancia es corta pero el hombre se empieza a inquietar, lo sabe porque la víscera de la cachucha se mueve inquieta de un lado a otro. Alcanza a observar que el tipo cierra el puño para soltarlo a la primera oportunidad. No lo deja hacerlo, tras agacharse y seguir así, apenas lo suficiente para hacer que el sujeto se detenga a comprobar hacia donde se ha movido la sombra, ella aprovecha. Suelta el tajo, el cuello borbota la sangre. Le baña la muñeca y el forro interno de la sudadera. El hombre grita algo. Ella se abalanza y le hace otro corte igual entre los pliegues llenos de sangre del cuello. Luego se aleja, corre tan fácil que pareciese que lo ha hecho toda su vida.
Menos de las 5. Ni siquiera parece que vaya a amanecer, que el sol no va a aparecer y la negrura va a cobijarla, ella lo quisiera así. Aun no se ha escuchado ninguna sirena, la chica avanza despreocupada, con el cuchillo vuelto a su lugar de reposo en la sudadera, apenas unas cuadras más allá del primer hombre, se descubre con el ánimo suficiente para ir hacia la avenida. Hay pocos autos aún, el transporte lleva ya algunas almas, pero sigue insuficientemente lleno, observa uno, es grande, de rostro achatado, el escape ruge y escupe mugre hacia la estratosfera. Hace la parada, el conductor la mira de la misma forma que se observa a las cucarachas. Le da los $8 y se desliza hacia el fondo, una mujer trae la cabeza ladeada en el vidrio opaco. Nadie más dentro. Se sitúa detrás de ella y justo cuando el chofer ha dejado de observar por el retrovisor saca el filo, el primero hacia el cuello, directo, luego en un afán violento le atiza 10 más por todo el cuerpo y la cara. La mujer ni siquiera ha podido gritar, el primero ha sido suficiente para que ningún sonido audible salga de ella. Como si fuese un felino la chica guarda el arma y toca el timbre, el chofer ni siquiera ha volteado, no le importa si ya bajo o no, mientras acelera el motor y se pierde en línea recta confundiéndose con el resto de las unidades. La chica empieza a caminar, despacio, observando cualquier alarma. Nada. A nadie le importan los muertos por allí ya.
Sigue caminando con el ruido cada vez más lejano de los autos y los autobuses, los que recorren la avenida principal bañando con mugre a los que perezosamente levantan la mano para señalizar la parada, en realidad camina sin apenas noción de hacia dónde le llevan sus pies, una fracción de tiempo le lleva reconocer que la calle ha torcido hacia la izquierda y la ha depositado en una de las “cuevas”, donde normalmente nadie va a parar, salvo que sea un gran imbécil y no conozca la zona, ni un foco visible y el clarear del sol todavía es insuficiente para que permita ver más allá de las sombras proyectadas por las bardas de las casas y de las dos bodegas que sirven para desmantelar y vender cosas. Pero sigue hacía ellas, como si en realidad se estuviera entregando a su destino, como si en el fondo no hubiese nada que hacer luego de las dos muertes que le acaba de regalar a su madre, a su desdicha y al abandono de su padre. Son casi las 5 de la mañana cuando observa dos encapuchados como ella, más altos y sin duda con los ojos inyectados de chemo aún. Sin embargo, y pese a que se ha aferrado al cuchillo en su cangurera, nada sucede, los dos sujetos apenas reparan en la figura minúscula que camina cubierta de la cabeza con una sudadera negra, siguen en lo suyo, hundiéndose en el éter absoluto de sus cerebros resblandecidos. Atisba el final de la calle la muchacha, cuando a lo lejos una torreta le ilumina el rostro y parte de las manos que ha sacado de la bolsa frontal, no obstante ni el piloto ni su camarada le toman por algo interesante, por lo cual habrían de parar la patrulla, bajar y comenzar a tiritar en el frio decembrino. Siguen de largo y doblan a la vuelta, dejándole nuevamente en sus pensamientos, en el regreso de la ira que se acumula en sus uñas, en las fibras de tela que van rozando sus axilas, en los pezones apenas cubiertos por el viejo sostén.
3 calles hacía su barrio, observa una figura con paso decidido, tal vez cercano al 1.70, cubierto con una chamarra gruesa y una gorra, lleva una pequeña maleta en uno de sus hombros y camina sin apenas hacer ruido, tal vez implorando que le dejen llegar a la avenida, sin que alguno de los hijos de perra de la cuadra le saquen nuevamente el fistol o la navaja, y lo quieran hacer empobrecer aún más; a él, que a duras penas tiene para llegar cada quincena al final de está, a él que su hija está embarazada de uno de esos cabrones adictos, a él que su mujer le sirve 4 veces a la semana menudencias con arroz. De nada le sirve que llegue todos los días fulminado de la chamba, siempre es lo mismo, salir antes de las 6, regresar después de las 10. El recorrido infernal en el transporte público donde lo han asaltado 9 veces, donde ha observado: 4 atropellados, tres inundaciones severas, cientos de perros correteando en las fangosas aguas del ex maldito lago e incluso una violación. Nunca olvidara los gritos de la chavita y la risa de los hijos de puta del chofer y su ayudante, ellos no la tocaron, pero iban tan cruzados que se atacaron de la risa. Ya casi, piensa, dos calles más y la avenida lo acogerá, para bien, para mal, pero se podrá recostar en el asiento de cuero falso y perderse en el trafico matutino por los próximos 45 minutos hasta llegar a Pantitlán. Todo se resume a poder estar a las 7 en una chamba que paga una mierda, que lo explota de a madres y que lo hace querer conseguir un rifle, una granada y volar todo, volar todo. En eso piensa cuando la mira, morena, poco menos que su hija, el rostro desencajado algo le dice, pero justo cuando intenta formar las ideas en su cerebro sobre lo que ha dicho la chica, el aire helado le llega hasta la base del cerebro, por alguna razón sus manos están más frías de lo normal y comienza a marearse, gira sin perder de vista que la chica desaparece en otra de las calles y emprende una desesperada acción por salvarse. Corre desesperado, como si no hubiese mañana, con el líquido caliente bañándole las manos y empapando la playera azul. Tres patadas al zaguán de color pardo, golpes y golpes que cada vez resuenan más y más lejanos, la bruma se comienza a extender, lo ha sentido antes, como cuando necesitas urgentemente un refuerzo de dulce, nada que una coca y un gansito no impidan el colapso, pero esta vez ni siquiera puede pensar en la bebida. Oye la voz de su chata lejos, en medio de un rugir de espuma que se cuela desde su memoria, el mar de la costa, su adorada costa esmeralda.
***
Vuelve a emprender el camino hacía su casa, un par de patrullas han pasado de largo, torreta encendida, velocidad alta, oye los muelles de los autos chocando con los topes inmensos. Casas más adelante la saludan dos vecinos, ella contesta a medias, tratando de evitar que vean que trae toda la cara pintada de la sangre de 3 personas distintas. Tuerce hacía su calle, una patrulla viene de frente, los cerdos la ven una fracción antes de seguir, hacía la calle donde el último hombre se debate con el infierno de su propia muerte. Ve el reloj, casi las 6, el ruido de panificadora le indica que casi ha vuelto a casa. Resuenan las campanas de la iglesia, ya no son de metal, ahora es una bocina con un timbre que simula las campanas de la misa de gallo. Conoce a unas beatas que van diario, para justificar su odio insano por los canes; justo en la casa de la esquina de su cuadra, ve al vecino de los churros, se sube la camiseta obscura, ahora parduzca por la sangre y compra una bolsita. La vida sigue, piensa mientras come con parsimonia el pan.
SR Otoño 2015-verano 2016
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