Conocía a un tipo muy bueno, tremendamente decente, un jodido santo en espera de la canonización local. Había sido tan bienaventurado en toda su vida, que inclusive el que estuviera casi ciego, y no me refiero al hecho de que usara lentes gruesos, sino a que evitaba darse cuenta de la mierda que le rodeaba, era una forma descabellada y hermosa de no participar en la jugada diabólica del universo. Pero en fin, heme allí en su casa dúplex comprada con años de servicio al Estado, mientras el juego se aboca a dejarte fuera, a practicar unas reglas bien distintas de lo que la gente de buenas maneras creía que era lo idóneo; era una casa de color crema con habitaciones medianamente ridículas para albergar a su prole; una mujer que es un hato de mierda, que medio barrio la odia porque es una perra. Con una hija que el buen hombre considera una bendición del señor, sin imaginar que la chica tiene 3 amantes, indistintos para ella porque en el fondo sigue buscando “ese” amor paternal que se queda en la mera devoción contemplativa. Y finalmente un bastardo que es parecido a la plaga, no…el cáncer que devora todo lo bueno. Una familia para acabar con toda la luz que el pobre hombre destila. En esa pequeña casa he pasado unas cuantas horas a la semana, mientras jugamos en el diminuto jardín con el hombre que me recibe, y me da lecciones en el ajedrez y relata historias de las revoluciones. Estoy ahí únicamente por la charla.
Él sabe que mi amistad no es nada sincera, y sin embargo me recibe como a cualquier otro que viniese para oírle hablar de mutilaciones, traiciones y odios a través de la historia mundial. Pese a todo, no le gusta que no aprenda aquello concerniente al ajedrez, me considera descuidado y arrogante para el juego; no lo contradigo, mi estilo (sí es que se puede llamar a tal idiotez un estilo) consiste en tratar de atraerle como las arañas a los insectos, sin embargo no funciona, siempre acabo cometiendo uno o varios errores que soy tan despreciativo para evitar o siquiera intentar contrarrestar sus efectos en tal o cuál movida. Al viejo lo he conocido en un pequeño torneo que se organiza en el parque cercano, en épocas anteriores usaba a un chico llamado Antonio para que le describiese los movimientos, podía intuir cada movimiento que a continuación utilizaría el contrincante. Sin embargo, ni bien habíamos llegado a la final, se topó conmigo, no comprendió a tiempo lo que estaba haciendo (y raramente yo comprendo lo que hago en el ajedrez) y sucumbió. Eso lo ha cambiado porque estaba a 3 partidas de cumplir diez y tantos años sin que nadie lo venciera. Creyó que su rival era un superdotado para el ajedrez, pero nuestro siguiente encuentro concluyó a los 5 minutos, descubrió el pastel desde mi primer movimiento. Nunca más le he ganado y no me interesa hacerlo, pero eso a él lo molesta porque cree que alguien que no aprende más nada en el juego está jodido de por vida. Aun así, tiene peores cosas de que ocuparse.
No bebemos nada pese a que yo no puedo pasar más de 3 horas sin meterme nada, en el trabajo disimulo bastante bien con un termo lleno de café con un Napoleón; todas mis mañanas parecen una nube, paraíso abierto. Pasadas las 12, una menta y a enfrentar las tardes llenas de odio hacia el universo. A las 3 en punto corro al baño antes de salir a la calle para dirigirme a casa o a casa del viejo, destapo la botella de un cuarto que compro cada tarde para el día siguiente y bebo el contenido final. El sol vuelve a brillar y el cielo se despeja. En su casa no puedo beber, el viejo posee únicamente vinos tintos chilenos que abre sólo en ocasiones muy especiales. Mientras pasan las 2 horas habituales, comienza nuevamente el sudor, que anticipando que el viejo no puede ver por su condición, permiten que mi camisa empapada no sea motivo de cuestionamientos. Pero algo percibe aquel sujeto, cuando mi respiración se vuelve un tornado y mi cuerpo no quiere permanecer más en una misma posición. Así transcurren aquellas tardes que no vuelvo a casa y me decanto por el desarrollo de las relaciones interpersonales.
Por el contrario cuando la tarde me lo permite, me dejo caer por el viejo barrio donde he crecido -hasta hace pocos meses que me he mudado, el sitio indicado para que la gente todavía hieda a miedo e hipotecas vencidas; saludo a los de la cuadra: 3 alegres borrachos que a duras penas pueden levantar la mirada de vidrio desde el fondo de sus infiernos propios, me extienden la mano callosa y llena de todas las enfermedades habidas y por haber en el universo; depositó unas cuantas monedas, lo suficiente para acallar la voz de mi conciencia, pero insuficientes para demoler una botella a tragos, el afortunado corre a la tienda del “yorch” y compra su cuarto de destilado. Una autentica mierda que te destroza hígado, estomago, cerebro y finalmente la uretra cuando sale todo aquello llevándose la mitad de tu vejiga. Me brindan un trago que amablemente llevo a los labios y el descenso comienza, el sol se pierde luego de unas horas y terminamos cantando aquellos lamentos atemporales, repletos de odio por la civilización. Nos peleamos, nos escupimos los insultos más degenerados que nuestro poco cerebro nos permite elaborar, y al final cada cual agarra su destino, ellos hacia el sin fondo y yo a la realidad que tantas veces me ha golpeado en la cara y el culo.
En fin retorno a casa, tal vez después de una tarde apaciblemente terrorífica de no poder beber con el anciano o de una bendita y desastrosa bajada a los infiernos personales de cada ebrio; la vieja nueva casa que puedo permitirme pagar en contubernio de mi mujer y sus padres, me odian todos ellos, los odio a ellos por igual; pero sin embargo, nos entregamos a ese bonito juego de aparentar un respeto que no sentimos siquiera. Me descalzó las botas que el trabajo me obliga a llevar, duras y negras cual bollos quemados, cómo el culo de mi mujer, cómo las noches que el invierno arroja cuando la ciudad esta desierta. Arrojó en un rincón solitario mi cinturón y la barriga prominente de años de sedentarismo y trabajo manual como jefe de mantenimiento me permiten, me atusó el bigote mientras espero a que la comida medianamente sea digerible, el caldo o la sopa del día, los guisados insípidos y los hijos que ni siquiera te hablan, pero se encierran en esas bonitas habitaciones que has pagado con el sudor y los callos de tus manos; pero en el fondo agradezco que se encierren en sus cuartos, que me dejen en paz mientras la televisión repite apenas algo de los resultados de los partidos del Atlante, con una bonita señorita que enseña los muslos más de lo debido y que me obliga a dar una mirada de soslayo a mi mujer que se recarga en una de las sillas del comedor falso para ver su celular, seguro se chismea con su hermana o con su amiga la gorda, ni siquiera tiene imaginación para tener un amante, yo lo agradecería porque así, al menos me daría 10 jodidos minutos sin chingar la madre. También agradecería mejor el sexo.
En fin la tele se queda muda o eso me parece, mientras observó distraídamente los muslos y nalgas de alguna presentadora del clima, me abro los botones de la camisa a cuadros y el sudor se trasmina por encima de la playera blanca, pequeñas perlas de sudor del condenado calor que hace y que ni el ventilador a menos de 2 metros aliviana. Es casi julio y la lluvia no llega, aunque tampoco es que fuese necesario, pero se echan en falta ese rocío que pueda aligerar el ambiente caldeado de las estaciones del metro, que consuele los traslados de casi hora y media para llegar a casa o a la del viejo. Cuando recién comencé a ir a su vivienda, me imaginaba montando a la hija, destrozándole el culo, luego me situé en la realidad, comprendí que su vida era una joda autentica, que toda ella era mentira y por ende sus nalgas ni siquiera eran para tanto. Igual me la sigo jalando un par de veces, cuando aparece en alguna minifalda realmente corta o cuando usa el labial carmesí.
Me sienta bien de repente imaginarla desnuda, me da fuerzas para continuar fingiendo que amo a la vieja, que no quiero matar a mis hijos y que me gustaría tirarme al vicio diario, más fuerte; quitarme las vestiduras de una embriaguez moderada, y decantarme por la inmundicia y el horror de no saber si mañana amaneceré vivo o no; pero no puedo, al final levanto un poco la mirada y la cerveza sigue fría, y quiero que siga así, quiero que todo permanezca igual, tal vez por un poco más de tiempo, el suficiente para que el Atlante vuelva a primera, tal vez al DF, tal vez volverlo a ver jugar y ganar un campeonato. Que regrese a Ciudad de los Deportes y pueda beber cerveza tan helada que el cerebro quiera salir a festejar conmigo. Todo iría bastante bien entonces.
SR primavera- Verano 2015
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