lunes, 11 de marzo de 2019

un pequeño recordatorio

No era un hombre duro, jamás lo había sido pese a que todos lo creyeran, pese a que todos me viesen impertérrito ante las inclemencias de la vida, por dentro estaba quebrado y esperaba los momentos adecuados para sacar a relucir todo lo que me afectaban las cosas. Así había sido aquella vez, tenía muchos más años de los que podía presumir y en no pocas veces se me olvidaba la cifra correcta, pero eran muchos menos de los que tengo ahora. Casi seguro que el viejo había muerto haría unos 20 atrás, tal vez un poco menos, pero aún seguía allí, con algunas cosas que tenía dentro de mí. 
 Recordando en no ciertas ocasiones que me había dicho que era un imbécil, no lo negaría nunca, no podría hacerle eso a mis memorias, a mis dolores y a todas las certezas que había dentro.
 
Era una tarde, casi nunca escribo de cosas así, siempre me dejo guiar por la noche, pero esa ocasión fue una tarde, el nudo amenazaba con dejarse soltar, duro, sin aviso previo de que así sería, de que había algo aun. Había mucho más de lo que me gusta reconocer, pero no lo sentía, pese a que los días previos me encontraba totalmente hundido en las memorias de aquel pasado que durante mucho tiempo me consolaría. En realidad no hubo un atisbo de que surgirían las lágrimas incontenibles, es cierto que el suceso estaba reciente, pero no con tanta fuerza como para que me surcaran en cascada, lo que invariablemente era el resultado del dolor.
 
Y hemé ahí, con tantos años a cuesta, sin sentir que pueda detener nada y viendo un paisaje maravilloso que chocaba con mi estado de ánimo general, porque en el fondo todo era un collage, tanto lo que sucedía fuera del vehículo que me transportaba, como lo que estaba sucediéndome mientras alguna vieja canción que tenía menos motivos para hacerme caer, y que sin embargo, lo había conseguido. Yo, que durante días había luchado contra todo el dolor, ahora heme allí rodeado de gente extraña y sin la fuerza para seguirme conteniendo mientras algún bastardo cantaba con la voz rasgada por los años de sufrimiento acerca del dolor de una ruptura, lo mío era más intenso, pero todos creemos eso, todos sufrimos más que el otro y nadie tiene el dolor suficiente para entendernos. Nos creemos en la justa medida, el centro del puto universo del dolor. Y está bien, por unos segundos es válido que lo creamos, lo malo es cuando de verdad nos lo metemos en la sesera y todo comienza a ir camino abajo.
 
Si lo comparamos con aquel primer ejercicio que tenía cuotas altas de ira, resentimiento y mucho alcohol, estas pequeñas líneas se ven golpeteadas por la monotonía de un solo tema, pero no hay ninguna novedad en todo lo que llevo dicho hasta aquí, uno lo puede tomar como quiera, el dolor es inamovible e incapaz de ser derrotado en los momentos necesarios. Hay muchas situaciones que nos parecen dolorosas y no lo son tanto. Hay otras que ameritan las lágrimas y no podemos, porque en realidad no las sentimos, hundidos como títeres en pequeñas ráfagas de melancolía. Así me había sentido aquellos días, inmerso en la incolora e indolora capacidad de reacción. El primer momento de dolor había pasado sumergido en las garras de la droga, el segundo, en las garras de la indiferencia y finalmente había llegado el momento de pagar todo ese sentimiento. Mi momento de pagar, de ser consciente respecto a lo que podría suceder si no había ningún día más. Si todo terminaba y si ella se iba para siempre.
 
Pero no había alcohol, no había una pluma a mi alcance y todo lo que tenía para escribir era la última hoja de un libro que no era mío. Que no le podía mutilar a gusto con la profanación de mi dolor, ese dolor que corría por mis mejillas y me hacía sentir que todos estaban al pendiente de ese sujeto gigantesco y hombrudo que no podía retener nada de las emociones. Los hombres duros no bailan, no lloran, no se dejan abrumar por las situaciones, no era tal. Era otro tipo que viajaba durante muchas horas para huir de todo lo que sucedía. Que recordaba horas y horas pasadas, años y tal vez vidas enteras inmersas en la glotonería del pretérito. Que se sabía un condenado a muerte por no ser capaz de enfrentar las cosas y huir, dejar todo para que alguien más se hiciera cargo. Así había sido siempre, no tenía por qué ser diferente. Cuestión de que la yerba se encargara de borrar todo el dolor que había acontecido durante aquellos días. Salvado otra vez para no sentir, para no dejarse vencer por el sufrimiento.
 
Los montes y valles que se sucedían mientras pasaba el auto a tanta velocidad como se lo permitía la ley, cubiertos dichos elementos con pocas gotas de un verano que estaba resultando tan complicado como lo permitían las condiciones que la propia humanidad había generado. Violentos aguaceros que empañaban los vidrios para ocultar los demonios que se daban cita en el momento exacto en que comenzó a sonar aquel bálsamo para los oídos, aquel viejo aparato que emitía las ondas necesarias para que el dolor liquido asomase y me terminara por hundir, por acontecer los años y años que cargaba en la joroba. Ella se iba, se estaba yendo mientras todo apuntaba a que todos los demás nos quedaríamos con los pedazos. A recoger lo que pudiéramos mientras el sol se hundía por el otro costado y las nubes grisáceas e imparables se encamaraban en mis ojos repletos de lágrimas tan gruesas como las venas que surcaban los pies antaño gordos y repletos de vida, ahora pedazos de carne que no engañaban a nadie acerca del paso de los años y de las vidas que dejábamos detrás. Con todas las certezas e incertidumbres, porque así era la vida, aunque nos doliese en el condenado espíritu que las cosas fuesen así. Que todo colapsara y no tuviera alcohol. O siquiera algo que me ayudase a soportar el dolor. Porque la vida es así, compleja y de una duración irrisoria para el resto del universo. Pero es la única que tenemos y nos encargamos de fregarnos con el sentimentalismo más ramplón, dejamos de lado toda suposición acerca del dolor. Estamos gritando, estamos rabiando y ella se va. Todos nos estamos yendo, con la misma celeridad que una estrella se apaga.
 
Quisiera que fuese cierto.
 
SR Verano 2018

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