martes, 19 de febrero de 2019

la tarde que gané tres juegos


Deslizaban las fichas por el fieltro verde, pequeñas y blancas con puntos multicolores, el ron a la derecha y un pequeño sol pre invernal que no alcanzaba a calentar la habitación por completo. El ritual de cada cierta cantidad de meses se repetía, salvo que éramos unos cuantos y no todos, no siempre todos. Pero eso no importaba de nuevo el alcohol fluía como antaño, tal vez no tanto, pero con la misma necedad y necesidad en cada uno de los tragos. Apenas llevábamos un par de horas allí, no había desayunado casi nada, de hecho nada; y tampoco cenado una noche antes, pero poco importabame, de hecho, lo único que tenía sentido por aquel entonces eran los vasos que había bebido para entonces. Casi 8. Bien servidos, con hielo y agua mineral. No soportaba el dulce de las bebidas que otros amaban y necesitaban para encubrir el sabor lleno de sudor caribeño. Bueno, eso siempre había despertado en mí el ron, así como el vodka todo ese idílico romance con la vieja Rusia zarista. Aunque sólo estuviera un poco de veces en mi paladar ese sentimiento, porque ya rara vez bebía. No tenía necesidad de ello, pero en ocasiones, era justo lo que me mantenía cuerdo, lo suficiente como para no derramar el llanto.

Vaso 9, quien puede decir que no es bueno, al menos yo sé que es todo lo bueno que puede ser una bebida que esta fría y que ayuda a combatir los malos demonios, aquellos que me impiden ver con claridad las cosas, que me permitan ponerlo en perspectiva. Voltee a ver los rostros de los otros individuos. Repletos de sonrisa y camaradería, no reparaban en que me había vuelto a sumir, que estaba escondido detrás del alcohol. No porque me sintiese cohibido, sino porque me gustaban esos momentos de introspección que me ayudaban a comprender porque seguía aquí. Porque seguía escribiendo cuando era el resultado de momentos de tristeza o crisis, e inclusive los miles de segundos previos cuando se me ocurrían historias de gente jodida. Estaba en ello, estaba sumido cada 3 instantes en el pensamiento necesario, pero también atento a los posibles fallos en el juego.

Abrí el juego, también correspondió con mi trago 10. Lo más probable es que me comenzara a pegar el recuerdo, bueno, las sensaciones de un posible recuerdo que era impostado a partir de pequeños fragmentos en la charla animada de varios de los sujetos que estaban en las sillas contiguas. Recuerdo haber parafraseado una gran idea sobre viajes y dominios que escapan al razonamiento de la mayoría. Alguien de repente hizo un cambio o viraje brusco en el tópico común. Se desataron los inviernos crudos sobre lo que sucedía en torno, las palabras para lograrlo fueron las suficientes para que se me contagiara el dolor, el sufrimiento por aquellos errores previos. Cerré un poco los ojos, imperceptible si nadie lo ve, si nadie lo entiende, por consiguiente. Los vasos derramaban el producto de ese choque entre un hielo y la atmosfera cálida que se sentía por aquellas horas en el cielo. Sé que previamente he hablado sobre un sol moribundo o empequeñecido por la acción otoñal, pero crean que sé que puede variar con la misma celeridad de aquello que más rápido consideremos, la jodida temperatura.  

¿Servía de algo beber cuando no tenías tanto dolor? Hace años cuando era joven, tremendamente joven y podía desvelarme hasta que el cerebro me dejaba de funcionar en torno a las 6 o 7 de la mañana, me dedicaba a beber todo lo que pudiese, no me importaba sentirme como una momia o algo peor, pero tampoco importaba si hacia frio o calor, por lo general lo único que tenía sentido era el dolor, las horas perdidas que el alcohol traían a colación, pero ahora, con más años de los que me imagine siempre, las tardes de ron con hielos, a pesar de afuera hacer calor o frio o estar a punto de la congelación, me gustaba fantasear con los ojos abiertos, con el cerebro buscando evitar que todo colapsara y sobre todo, que mi adolescencia fue bien vivida, porque no tenía más que estirar la mano para embrutecerme con las botellas de un padre abstemio y que eran regalos de alguien.

Ahí en medio de las horas de juego y de los vasos de ron (11 ya), mi único interés era tener por delante una mano lo suficientemente buena para no hacer el ridículo, o siquiera salir del juego, no había mujeres en aquel lugar, las traíamos a la mente como algo que nos esperaba para regresarnos al día a día, como si fuera una suerte de recordatorio de que esos momentos, esas horas donde únicamente importaba el alcohol, fueran apenas un respiro de la vida, de los trabajos de los hijos, de las obligaciones. Quiero avanzar pero no puedo pensar libremente y comienzo a tirar fichas por doquier, en un par de veces el error es grosero, pero los demás llevan tal cantidad de alcohol encima que se dan cuenta muy tarde, otras ni siquiera se dan cuenta, porque al parecer ya todo pasa, todo puede suceder y los momentos son de absoluta diversión, de esas entregas a lo que pudiera ser si no tuvieras obligaciones, para con nadie, para seguir todos los días haciendo esto. Pero ahí afuera de nuevo el clima ha cambiado y lo que antes fue un repunte en el calor, ahora es un viento lleno de otoño. Que te eriza los pelos de la nuca cada que se cuela por la ventana que tienes detrás. 

Quisiera que alguna parte fuera cierto, quisiera que por lo menos alguna vez todo eso hubiera sido tan cierto como lo imaginabas, pero lo verdadero es que sigues ahí, hundido en lo que fue y no. Pero tienes un poco de ron (12), hielo y un vaso que a pesar de las horas transcurridas no parece más viejo que la última vez; te detienes antes de que el mareo te suba de nuevo a la cabeza, puedes observar que alguien te ha ganado el baño, y es que a pesar de que no es la condenada cerveza de antaño, cuando todavía podías tomar esa cosa, te sigue ganando la necesidad de mear cada tanto tiempo, a pesar de que observas las horas en el reloj imaginario que es la música sonando. Esa música que durante años has negado que te agrade, pero que saber que independientemente de tus gustos, va a sonar y cantaras alguna estrofa, o algún estribillo pegajoso. Te gustaría tener un condenado catéter conectado al miembro para no perder valiosos segundos de pie, esperando a que el efecto no te maree más. Aunque abres la ventana diminuta para que un poco de aire se cuele en el sitio y cuando salgas, finalmente rumbo a casa, el asunto no te tumbe, aunque hace años que no lo hace, pero tienes miedo o sentido común. La riegas de nuevo, y a punto estuviste de tirar el maldito vaso.

Alguien habla sobre el pasado, todos lo hacemos cuando llega el momento, recuerdas aquellas tardes de primavera o invierno cuando todo iba bien, cuando caminabas de la mano con ella y te importaba muy poco el que fuese a terminarse todo de una manera tan jodidamente triste. Pero el ron ayuda (uy 13), y te acuerdas de las cosas buenas, más que nada de ellas, aunque por ahí viene el mismo sentimiento trágico de que ahora estas solo, enganchado de nuevo en la miseria de que era tu vida antes, plagado de orgullo y con pocas perspectivas de seguir vivo más allá de lo que duren las rondas de alcohol, el estómago te ruge, o las tripas, porque hace mucho que no tragas nada, a buena cuenta llevas casi 24 horas con líquidos, la mayor parte de ellos son plagados de azúcar y grados etílicos. Te sientes en comunión con el universo, o esa parte que te ha dado por llamar de tal forma y que sólo se encuentra en una parte pequeña de tu vida. Atiborrado de recuerdos y pensamientos tristes, o quizá de miles de momentos de incertidumbre acaso porque las mañanas son largas y tienes obligaciones que odias, acaso porque en las tardes te hundes hasta el fondo. Pero lo decidiste así, preferiste perderlo todo a ceder. Y no te arrepientes porque en el fondo eras egoísta, querías estar de nuevo así, para decirle al mundo que nadie podía aliviar tu dolor, o eso que siempre has llamado como tal. Tuviste un par de turnos buenos, pero ahora pasas, y llevas más fichas que cualquiera y a duras penas logras enfocar las fichas que deben ser, pese a que sean de colores distintos, o que sean totalmente distinguibles entre si los puntos. Abres el juego de nueva cuenta sin esperar ganar nada, solo quieres ver que la tarde termine, caminar a casa en medio de los pensamientos de siempre y sentarte en la sala a media noche. Anhelando no haber sido tan jodidamente orgulloso.

SR Noviembre 2017- noviembre 2018

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