8 años
En medio del día, soleado, tal vez como pocos; la temporada de lluvias normalmente se atrasa por unos días, llevaba ya meses sin caer una sola gota de agua. Pero realmente no somos conscientes a los 8 años de lo que la escases del vital líquido le hace a las milpas. No, al menos a los niños pijos que vienen de la ciudad en cada periodo vacacional. Que se sustraen de sus miserables vidas dominadas por la televisión, para hundirse en el terregal, en los surcos, en los pequeños riachuelos que comienzan a secarse, en los vientos que de repente parecen detenerse por completo y se escucha cualquier zumbido de los insectos, como si fuese el feroz ataque de algún condenado kamikaze japonés. Aunque a esa edad no conozcas nada de nada, porque sólo ves los dibujos animados por la tarde mientras tu madre hace la comida y tu padre se come a alguna secretaria en la oficina, y tus hermanos juegan a la guerra infernal. Pero ahora estas allí, en medio del cielo más despejado que has visto en años, con las nubes blancas formando en tu cabeza esas pequeñas borregas en medio de un azul cielo como los colores escolares. No piensas en nada, ni siquiera te preocupa que miles o millones de hormigas de color rojo estén a menos de 10 metros de tus piernas, decididas a ir hasta el exterminio, a sacrificar a cientos o miles por derrotar al titán que amenaza su existencia, a perecer hasta que el sol hirviente devore su cadáver a la intemperie. Alguien grita y todos los demás niños corren, en medio de los árboles secos, marchitos por la falta de agua, otros niños se esconden entre los carrizos amarillentos, los que más, se esconden en las esmirriadas cañas del maizal. Todos corremos, nos ocultamos y esperamos el desenlace de los precarios juegos que realizamos ante la mirada vetusta del astro rey. Tan amarillo como lejano.
Dicen que a esa edad, los 8, la mayoría de las personas tienen un encuentro determinante, algo que les empuja a llevar hacia un punto fijado por los astros su existencia. Pero que al ser tan jodidamente impactante lo atesoramos en lo más recóndito, allí escondido de la malicia del ser humano, de nuestra propia forma de eliminar que vamos practicando sin darnos cuenta, tan presente y tan oculto como lo puede ser la mayor característica de nuestro ser. También a esa edad, los 8, algunos comienzan a experimentar cambios en su cuerpo, minúsculos, pero que sin duda alteran la percepción que podemos tener de cada cual. Lo cierto es que nos encargamos de soterrarlo por un par de años, decididamente con la idea de evitar entrar en lo que todos buscan y anhelan: ser jóvenes. Odiamos la perspectiva de volvernos como el primo o la prima que pasan todo el tiempo con cara de asco por el mundo –pese a que les idolatremos y queramos parecernos a ellos- y llenos de malas palabras o vicios. Otros, los menos si acaso, tienen a esa edad, los 8 años, su primer contacto con la verdadera naturaleza humana. El mal, el verdadero cáncer que se esconde debajo de una sotana, de una caricia mal encausada, de un acto violento que termina por enterrarnos en el miedo perenne. De convencernos que dios no existe, y que en caso de existir, éste se halla muy alejado de todo aquello que nos habían imbuido en el catequismo. Al menos nos encargamos todos los días de comenzar a odiarle, de quererle ver hacer algo más que quedarse en su cruz o su paloma blanca mientras algún hijo de puta hace que te arrepientas de estar vivo.
Pero henos allí, 2 o 3 de la tarde. El sol infernal que quema absolutamente todo alrededor, con la vida detenida porque eso acostumbran las personas por aquellos lares, cerrar todo y dedicarle un par de horas a tomar los alimentos y una siesta. O acomodar el cuerpo en una pequeña silla y platicar, encender un cigarro, tomar una cerveza, contar chismes, voltear los ojos entrecerrados a la comadre, verle la panty, imaginarla desnuda mientras la mama. Quince minutos más o menos luego de esa hora de candor puro, alguien nos llama desde el interior de la casona, piedra blanca –o al menos eso crees porque en realidad no sabes gran mierda del mundo- de cara plana, con franjas rojas y arcos que sin duda te recuerdan a las casas de los ricos de las telenovelas; todos los que tienen dinero, tienen arcos. Tú no, tú vives en una casa pequeña con otras 4 personas, con un diminuto patio que sirve para dar una o dos marometas mientras juegas con la vecina. Tiene 14 o algo así y juega todavía con los morros del barrio, no le importa que le vean los calzones, le gusta enseñar las piernas rosadas y gordas, sus pelos claros; los más grandes de la palomilla siempre la observan y la tocan, se ríen y sueltan las groserías que dudas preguntar porque tu padre seguramente te voltea un revés, como aquella ocasión que le golpeaste la entrepierna y te la regreso en el estómago. “Debes aprender pequeña sabandija, a mí no me tocas!”. Se fue un par de días de casa y luego regreso. Igual que siempre. Pero heme allí en medio de esa casa de ricos, escuchando a un adulto que parece a punto de llorar, tristeza en su voz, en sus movimientos, en su cara. Todo apunta a que algo malo le pasa, pero a ti te vale un pepino, o mejor dicho desconoces qué le pudo pasar, o siquiera qué lo que haces al jugar a aventarte con tus primos por toda la propiedad es algo fuera de contexto. “no jueguen aquí”. Dice el adulto con todas sus canas y arrugas fijas en el azaroso camino de desolación. Nos retiramos un par de metros fuera del alcance de sus miradas compungidas, el cielo llama a jugar hasta quedar reventados. Un par de juegos luego, tu padre te llama; con esa voz que le conoces cuando se pone serio, cuando te van a regañar por haber roto el vidrio, o por haberte reprobado el profesor. Pero vas, condenado a muerte, sin saber siquiera el por qué, llegas hasta su sombra y sin voltearle a ver, bajas la cabeza hasta donde un pequeño montículo de tierra suelta se pega a sus zapatos negros. “vas a acompañarnos. A tu tío y a mí”. Y simplemente te pasa una mano por el cabello negro azabache, no te está regañando, simplemente muestra su sentimiento con ese gesto que pocas o muy pocas veces ha tenido para con cualquiera de tus otros hermanos. Eres el mayor, lo sabes y alguna vez escuchaste hablando a tus padres mientras saltaba tu nombre: “debe de hacerse fuerte”.
Y ahí vas, media hora en el auto en silencio, de cuando en cuando el tío suelta un pequeño suspiro, huele a algo que no detectas, que no sabrías decir que es, que lo has percibido antes sin duda, pero que no sabes que carajos es. Las calles vacías, pocas cosas hay abiertas, tu padre y el otro hombre descienden del auto blanco, flamante como el color del queso o la leche. Un par de palabras y entran en un pequeño local. Un par de minutos luego sale tu padre, abre la puerta y te baja. La estancia tras la puerta de madera –como todas en el sitio- es acogedoramente desolada. No hay más que sillas y un par de macetas. El piso parece cuadricula de esos cuadernos que usa el primo David. Otra puerta más al fondo y se oye la voz nasal del hombre que les acompaña. Graciosa voz como aquella vez de los payasos que hablaban agudo y chillante. Una señora sale con un vaso de agua que te ofrece, fría y fresca, sabor a cántaro de barro; en tu casa en la ciudad sabe a salitre y oxido. Aquí todo sabe bien, das las gracias y te sientas en la silla que está más próxima a tu izquierda, luego quieres ver a través de la pequeña cortina que separa la pieza, los adultos tras ella continúan hablando por lo bajo, luego de un rato sale tu padre, la voz seria, tanto o más que las veces anteriores.
“te vas a quedar con tu tío, no me tardo”.
“te vas a quedar con tu tío, no me tardo”.
***
La puerta de madera oculta un mundo desconocido. Ajeno, todo es un sinfín de olores que en tu vida has siquiera imaginado. Un banco gigante que alguien te ha acercado, el tipo que está detrás de la pared cortada te estira un vaso largo con refresco y hielos. El tío comienza a llorar, fuerte y sin detenerse, sentado a tu lado, con la cabeza gacha, llena de canas y la piel tostada por los años bajo ese sol infernal, la camisa blanca –casi transparente- se empapa de sus mocos, lágrimas y el sudor que desliza por toda la espalda. Toma un sorbo de su bebida, mientras la tuya es sabor lima-limón, la de él parece coca cola, pero tú has tomado coca y no te pone triste; va soltando frases inconexas, a media voz, sorbiendo los mocos que resbalan sin poderse contener hacia su boca. Apenas un par de personas, la música está baja, suenan esas canciones que tanto le gustan a tu padre, esas que pone siempre que tiene tiempo, aunque rara vez lo hace a últimas fechas, una voz de dolor, con un instrumento que te han dicho que es el acordeón. Hay mesas de madera, sillas de madera, unas pequeñas luces que brillan en la pared y dicen “El triunfo”, te enorgullece que sabes leer; el hombre del trapo en el hombro habla muy bajo y con voz grave con el tío.
Pero te fijas poco en los hombres que platican por lo bajo, bueno uno habla, el otro solo menea la cabeza, arriba o abajo, o hacia los lados; te centras en los demás que habitan ese mundo de piso blanco, mármol parece o lo que tú crees que es el mármol porque brilla con tanta intensidad a todo aquello que alguna vez hayas conocido, te maravilla observar el reflejo de la luz de colores en el suelo perfecto, pareciese que jamás ha tenido una mancha; luego esta una caja metálica y gigantesca, de ahí sale la música, parece que las luces bailan al son de la música; años después algo así se volverá tu mejor amigo, pero por ahora solo sabes que se ve como una máquina de juegos, quieres pararte e ir a mirar de cerca el juego de luces que oscila intermitentemente, mientras las melodías se sostienen por si en el aire. Madera y metal, todo eso la adorna, luces y pequeños platos negros dentro que salen de un costado. Hay botones por montón y luego una pequeña ranura, cómo la de las maquinitas dónde te puedes perder horas y horas jugando a las luchas. Tus padres jamás consentirían que tuvieses una máquina para la tele, prefieren que veas las telenovelas o el futbol. Pero ahora no están ahí y podrías ir a inspeccionar el hallazgo, no lo harás, no hoy, no pronto; será hasta dentro de casi 20 años que le pierdas el miedo a poner esas canciones que te gustan. Tendrán que pasar casi 7000 días para que introduzcas una moneda de $10 y pongas esas canciones que te gustaría dedicar a una mujer que nunca te querrá. Pero hoy aquí, todo es nuevo para ti, y volteas a los lados, ahí hay dos personas más, clavadas en sus pequeños bancos de color madera, no es tal, pero entonces lo crees; que todo es madera ahí dentro, que los dos hombretones que hablan y ríen desparpajadamente están cómodamente sentados en bancas como las que solía haber en la primaria. Antes del metal. Luego, casi llegando a la puerta de madera con doble hoja, hay una pareja, hombre y mujer, ella con su boca pintada como a veces lo hacía tu madre, como solía hacer una maestra y la vecina que te pellizcaba los cachetes porque eras condenamente guapo. Eso fue hace años, ahora la mujer y el hombre que esta con ella se acercan y rozan sus rostros. Sabes lo que son los besos por la telenovela, también porque alguna vez tu prima te dio un beso, para probar, para sacarse la espinita de que fueras tan jodidamente guapo. Apartas la mirada tras unos instantes, un letrero de color azul y letras blancas dice “baño”, en realidad tienes ganas de ir, todavía aguantas, lo suficiente para ver cómo va a salir de una puerta contigua a la barra donde reposan tú, el cantinero y el tío, una mujer; toda de negro, el pelo es rubio o eso crees, los labios carmesí y sonríe magníficamente con un pequeño hoyuelo en la boca. Mira el lugar y de repente repara en que unos ojos menos acostumbrados a la miseria y a la derrota la observan, sonríe de manera extraña. Se acerca y habla con los hombres, el tío lanza una mirada y te atrae con su brazo: “este es Valente, hoy me está cuidando…” no termina de decirlo cuando nuevamente arrecia en su llanto. La mujer habla con una voz que intenta parecer de serenidad pero en realidad se te antoja como aquella que emplean para hablar con los tarados. Te soba la cabeza y te dice que si se ofrece algo se lo digas; camina con su vestido negro lleno de brillos hacia las mesas, donde uno de los hombres se levanta y mueve la silla para que ella ponga el trasero pequeño pero redondo en la madera, unos minutos luego llega la cerveza. Llevas ahí casi 40 minutos. Te empiezan a dar ganas de ir a mear de verdad.
Jalas el brazo de la mujer, hueles su perfume, como aquellas plantas que la abuela tenía antes de morir, nuevamente la voz dulzona y la expresión idiota en el rostro; ya no te parece tan atractiva, más bien parece acabada, con arrugas que se esconden detrás de la plasta blanca que le cubre. Indicas con un ademan que tienes que orinar, que te urge mear, se excusa de sus acompañantes y se pone en pie, te da la mano y te lleva como si fuera tu madre cuando van a comprar helado, te dice: “espero aquí”, y le crees, le crees como si fuera tu padre diciendo que la bici sólo necesita grasa para volver a estar floja, le crees como si el profesor dijera que 2 x 2 es 4. Y de repente ahí frente al cagadero de color blanco perla, te sale la orina, hirviente, con fuerza, con la suficiente claridad como para semejar un refresco de piña, tratas de enfocar el tiro hacia el centro, como diciendo: “en el agujero vale 40 puntos”. La situación parece interminable y luego de un par de sacudidas te subes el zipper de aquellos pantalones que seguramente compraron en el tianguis de la vuelta, buscas el jabón y al no encontrarlo te restriegas con fruición ambas manos frente al chorro de agua que sale del grifo. Te salpicas un poco la ropa, pero no podría ser de otra manera cuando a duras penas alcanzas el condenado lavabo azul. Sales y la mujer te vuelve a sonreír, te acompaña hasta la barra donde el tío esta en calidad de bulto, con la cara pegada a la madera y el vaso firmemente agarrado en su mano derecha. Son casi las 5 de la tarde.
SR noviembre 2015
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