martes, 10 de febrero de 2015

Piso 13

Piso 13

Llevaba casi 2 meses trabajando allí, la paga era buena, la mierda era sencilla y prácticamente podía tener mi culo pegado a la silla toda la jodida noche; por lo demás mi vista estaba jodida, y mis hemorroides mucho peores que de costumbre;  el pasar casi 8 horas diarias (o nocturnas para ser más específicos) en ese lugar, me estaba provocando visiones dobles y mareos constantes, además de un bonito sangrado rectal. 

A nadie le importaba un comino si tenías pensamientos suicidas o tendencias homicidas, éramos un grupo mayor a 60 desgraciados que nos metíamos todas las noches por seis días a la semana para capturar números, y más números a un formato que algún hijo de puta había creado con un algoritmo tan pobre que un niño de 6 años lo podría romper. No lo haría, porque el niño descubriría más temprano que tarde que hacerlo significaría estar abriendo el camino hacia ningún lado, no había nada allí de interés, tan no era de interés que podían darse el lujo de contratar no menos de 3 ex presidiarios.

Todas las noches llegaba al edificio a punto de colapsar (y en caso de hacerlo a nadie le importaría la suerte de los imbéciles que allí laborábamos), saludaba al portero, un tipo condenadamente engreído que se jactaba de ser el cuidador de la entrada de un edificio federal; subía hasta el 4º piso y le tiraba la sonrisa de “que buenas tetas” a la recepcionista que esbozaba su mejor mueca de “piérdete idiota”; saludaba a Pedro “el come niños”, a Estrella “la caída”, y por supuesto a Miguel. Miguel no tenía apodo porque era el tipo más condenadamente gris que pudiese existir. Estiraba mis piernas, y me dejaba caer con mis casi 90 kilos en la silla acojinada. Me llevaban los paquetes a capturar y a darle, sin parar por media hora. Ese tiempo era mi único motivo para levantarme todos los días a las 4 pm, para salir a comer un bistec frio que mi mujer había dejado por la tarde y rascarme los huevos hasta que dejase de parecerme divertido. 30 minutos que el gobierno me robaba en autentica labor de fregarme la retina. Paraba, me rascaba la entrepierna y comenzaba a platicar con la mujer; Estrella algo, tenía una risa idiota, ella era idiota y yo aún más idiota por ser su amigo. Nos reíamos por cualquier chiste que se le ocurriera a cualquiera de los dos sobre “el come niños”, mientras tratábamos de idear cosas que se pudiesen hacer para que corrieran a Miguel. 4 completos imbéciles de media noche, atrapados por el brillo inconmensurable de la pantalla blanca cual luz al final del túnel. Ojala hubiese sido ese túnel en realidad. 

Entre “el come niños” y Estrella había algo, sexo casual, sexo de oficina federal entre ex presidiarios, mentirosos, gordos con diabetes, mujeres de casi 60 años que no tenían nietos o hijos y que creían que ese era el camino más directo a la tumba, y Miguel para rematar. El par de idiotas tenían sexo en las maquinas o en la sala de comer, yo salía casi siempre tras 45 minutos de hacerme pendejo a la maquina traga monedas a comprar algo, una mierda sencilla que me robara 10 minutos hasta que aparecía alguno de los supervisores y me lanzaba la mirada. Esa mirada significaba que mis 10 minutos de hacerme pendejo habían expirado y era momento de volver a sentarme ante la pantalla. Tardaba otro tanto en llegar, casi siempre encontraba a Miguel o a lo que quedaba de él. Dudo siquiera que el tipo tuviese las ganas para meterse un tiro si encontraba algo con que hacerlo. Su cerebro no daba para tanto. Y ellos haciéndolo en cualquier posición, diciéndose por lo bajo perversiones divertidísimas que harían algún día, en cualquier momento. El lugar apestaba a sexo barato y de caducidad cada vez más próxima. Así los descubrió Miguel, así me entere yo. Así el resto nos dejábamos de chaquetas emocionales acerca de que era lo que sucedía cada día.

Miguel hablaba poco, reía menos y sin embargo, si por algún motivo dejaba de estar presente se hacía notar esa ausencia más que si en un momento dado el condenado sol desapareciese por un eclipse o algo igual de inusual. El sujeto era la presencia misma, el recordatorio constante para todos de lo que podía llegarnos a pasar si nos creíamos toda la mierda que excretaban esos números en papeles cada vez más corruptos. Sus lentes de pasta delgada y cuyo vidrio era de un lucidito color grisáceo nos devolvía la mirada de la miseria. Miguel era todo aquello que el mundo corporativo haría por ti si dejabas que el jodido universo dejara de tener sentido fuera de esas pantallas llenas de números, fuera de ese minúsculo cajón de metal que llamaba auto, cubículo, o departamento. Un cerebro muerto que hablaba por rutina, que pensaba por compromiso y evitaba todo aquello que le producía escozor. Miguel estaba al final de todo, era la muerte misma estando de pie, en medio de un día soleado con el aire corriendo entre los carrillos y el olor a verde césped o madreselva; él era el suicidio que tanto temíamos  afrontar.

Sin embargo, por aquellos días yo era un completo imbécil, bueno sigo intentado  serlo; que gastaba más energías en tirar de la cadena del excusado que las que dedicaba al trabajo, o mejor dicho las que usaba en dicho sitio. Parábamos 15 minutos diarios que aprovechábamos para salir a fumar, en el mejor de los casos, y algunos otros para intentar abrir el candado de la escalera, subir al techo y aventarse mientras el sol estaba oculto. Era una trampa ese empleo, y más lo era  si observamos  los juegos bobos que sosteníamos entre los 4 imbéciles. Quién se equivocaba más veces en un día? Quién lograba estar más tiempo fuera de su ordenador?  Quién podía abstraerse lo suficiente como para dejar el mismo cuerpo y flotar rumbo al nirvana? Esto último lo lográbamos más bien pocas veces, no porque fuese imposible o no lográsemos hacerlo a tiempo, sino porque en realidad nos gustaba fregarnos, y apenas cerrábamos los ojos y nos elevábamos, alguien soltaba un pedo o metía un dedo en la oreja de quien jodidamente tuviese más cerca. ”El come niños” lo hacía a regañadientes, lo de jugar, y más bien siempre tenía un carácter de la mierda. O tal vez es que fuese un motivo, un tipo serio, de edad más avanzada, lleno de deudas y preocupaciones porque su mujer también tuviese una aventura; cada tanto “el come niños” se colocaba la corbata más apretada, decía que le gustaba así porque pensaba más lucidamente. Era un condenado hombre de acción que agarraba al toro por las bolas con una mano y con la otra amenazaba a quien se dejase. En realidad Pedro “el come niños” no era un tipo divertido en absoluto, y rara vez osaba comenzar él los juegos o las bromas, más bien había que sonsacarle un poco y emplear la maravillosa actitud de Estrella. Él era el hombre en que deseaba convertirme, un hombre de verdad que no tuviese miedo de su propia sombra y que sabía en todo momento que todo estaba bien, que él estaba a cargo y con eso tenía para su supervivencia. Pedro abrazaba el camino.

Uno de los mejores juegos –por no decir que el mejor- era “pollo”, este sólo se llevaba a cabo el día que todos coincidentemente llevábamos ese alimento para merendar, y el juego consistía en fregar el de los demás. El perdedor era quien llevase menos y terminaba cenando el de todos los demás, pareciese contradictorio pero sólo aquellos que han permanecido de noche haciendo algo odioso saben que en esas largas noches, un solitario y mísero sándwich se vuelve una bola de condena atada al cuello y todo sabe a pasto triturado por el estómago de algún can. Esas noches la última conexión con el mundo era la risa de los demás mientras alguien trataba de tragar con toda la parsimonia que te permitían 10 o 15 minutos que tenías libres para estirar las piernas y probar bocado. Normalmente el suelo era el destino final de los alimentos porque se hacía imposible tragar siquiera algo. Allí, en el culo de la ciudad mientras tres hijos de perra se burlaban del perdedor y hacían de hadas de la indecencia, mientras la ciudad se hallaba copada por sabe que madres en medio de la noche. Por lo general el perdedor era Miguel, y en caso de que yo perdiese, la noche se alegraba porque ocasionalmente sacaba la petaca y comenzaba a repartir sorbos de lo que llevase en ella. Estrella llegaba, le daba un trago al regalo de navidad de hacía 3 años, y se sentaba a mi lado, recargando la cabeza en mi brazo o el parietal. Pedía un deseo y cerraba los ojos; acto seguido soltaba algún chiste que terminaba con el momento solemne, volvíamos a reír como niños idiotas.

Para todos era un acto inverosímil que siendo tan parecido a ella no fuésemos algo más, parecíamos cortados por la misma tijera y hechos del mismo material, sin embargo era bien sabido por ambos que no nos soportábamos más de esos 10 minutos o menos que pasábamos en completa intimidad. Era como esa sensación de bienestar que temíamos perder en cuanto traspasábamos los límites de ese minúsculo rincón del edificio. Por lo demás era jodidamente guapa, y tenía ese carácter afable que atraía a todos como un imán; a mí por el contrario, únicamente me repelía el mismo. No tenía el espíritu destructivo como yo, y eso hacía que en espacios demasiado cerrados lo nuestro no pasara de un amor platónico. Para mí, ella era tan inestable como un cartucho de dinamita; era como esa parte agradable de un asesino, o la parte no venenosa de un animal ponzoñoso, el cual no dejaba de ser peligroso pese a que era solo la parte menos dañina. A “el come niños” le gustaba eso; aunque claro sus gustos no podrían ser más excéntricos y diametralmente opuestos de los míos.

La chica que me gustaba debía andar en sus primeros 30s, no era un portento pero tenía eso que hacía que por ella me desviara algunos días hasta el piso 13 para saber que trabajaba en el 7º, y que muy probablemente fuera vendedora de alguna mierda que solo los descerebrados sin vida compran a las 3 am, mientras ven televisión y contienen las ganas de pegarse un tiro. Pero también me iba hasta ese piso porque quería comprobar que existía el condenado piso, y una vez allí pegarme una buena corrida mientras trataba de imaginar la cara del hombre o la mujer que tendría que limpiar aquello por la mañana. Bastardo insensible que era. La chica  se llamaba Clara y nunca supe nada más de ella que no fuese el olor a cítricos que imperaba en su perfume.

Así transcurrían las noches, llenas de ojos rojos por doquier, bostezos, malos rasurados, y mucha energía negativa que se evaporaba en los lindes de nuestra pequeña relación. 4 tipos raros, tan extraños entre sí que a duras penas lográbamos conciliar eso en un estado minúsculo de equilibrio. Al final estaba yo, siempre un caso de barbarie incompleta, el menos lucido de los otros pero sin embargo el que más peso tenía a la hora de comenzar a hacer algo estúpido. No era el líder, porque no lo necesitábamos, pero parecía tener predominancia aquello que decidiese hacer sobre los demás. Aunque no pude intervenir jamás en la relación de Estrella y Pedro “el come niños”.

SR Noviembre 2014

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