viernes, 20 de febrero de 2015

Calle 19

Calle 19
 
Con la misma habitualidad de todos los días, por los últimos 7 años, se colocó el pantalón de pana vieja después de ponerse los calcetines remendados, la camiseta blanca con un dibujo de cartoon, seguida de la camisa a rayas planchada por su nuera, y al último la chamarra de color gris. Se atusó  el cabello con el peine, y la misma figura que tan bien conocía le regreso la mirada desde el espejo parchado con cinta de canela. Eran casi las 8 y quince de la mañana; la noche no había sido tan mala y el pañal sucio estaba medianamente lleno. Miro su mano derecha que aun temblaba un poco después de ajustar las agujetas de los tennis blancos y descolgó del viejo ropero la gorra que le diera su nieto hacía unos cuantos años en un cumpleaños ya olvidado. Se persignó alzando un poco la mirada hacia el techo parduzco, y  el viejo salió al frio de la mañana en aquella casa que a todas horas tenia ruidos, ya fuese porque alguien roncaba (él principalmente, y su hijo en seguida), o porque los loros de su hija más chica estaban chingando durante el día. Antes, casi nunca los había oído, pero desde que se jubilase de la empresa de vidrio todo el tiempo era estar soportando a los condenados animalejos; luego los ruidos de la televisión a todo volumen con las noticias, las telenovelas, las caricaturas, los programas de interés social, los videos musicales e inclusive el porno que su nieto veía a escondidas en su cuarto. Un día como cualquiera en la vieja casa que entre Ramiro y su mujer habían levantado cuando llegaron de Michoacán. Caminó por el patio sorteando los dos carros, el azul de Pedro su hijo y el beige, que alguna vez fuese suyo y ahora estaba en eterna reparación porque las manos ya no le daban para arreglar maldita fuera la cosa; le dio croquetas al gato que ya comenzaba a ronronear apenas oía el despertador del viejo, y abrió la puerta de la calle para saludar a Doña Concha la metiche, al viejo panadero que cada vez hacía peor el pan, a la muchachilla  gorda de la 22 que seguramente iba a la tienda para comprarle cosas a su madre casi lisiada, a los muchachos ratas de la calle de atrás que iban llegando de su labor diaria en las micros, y por último  escuchar las campanadas de la iglesia que llamaba para que los viejos ridículos como él fuesen a dejar su ultimo pensamiento propio en manos de la institución que cada vez era más una necesidad de fe que un apoyo. Tenía casi 6 años que había dejado la iglesia, desde que su mujer muriese ya no tenía sentido el ir a hacer como que oía y como que le auxiliaba en su dolor.
 
Se quedó de pie en la banqueta sucia mientras veía como la mujer chismosa de la casa frontal cuchicheaba con otra mujer gorda y sucia de la cara, siempre era así, al menos lo era desde hacía 7 años. El vaho escapaba de su boca en las mañanas cada vez más frías, signo inequívoco de que el condenado invierno estaba a menos de lo que se imaginaba la gente. -Otro pinche año de mierda que casi acaba- dijo apenas audible, mientras la sonrisa de su rostro intentaba no parecer algo siniestra.
 
-oiga don Manuel, ya está el desayuno! Escuchó que gritaba su nuera, y eso lo sacó de sus pensamientos acerca del par de mujeres que fingían barrer la calle, pero en realidad repasaban los chismes acumulados de una jornada a la otra. Les hizo una leve inclinación con la cabeza y entró de nuevo a la propiedad tratando de no azotar la puerta que cada vez más afrontaba una pronta renovación. Recorrió los 3 cuartos que lo separaban del comedor-cocina a través del patio, mientras pensaba que ojala los huevos estuviesen mejor preparados hoy, con un buen día se conformaba. Antes de llegar a la puerta, comenzó otro de sus accesos de tos, éste lo obligó a sostenerse de la pared mientras sus pulmones jalaban aire como podían y el ardor en la garganta le incineraba la tráquea. Apareció su nieta de casi 6 años con un vaso de plástico en la mano repleto de agua, lo quiso coger el anciano y en su lugar lo volcó provocando la risa de la niña. El jaleo de su tos iba en aumento, quería creer que era el último, pero así habían sido los pasados años; tos y dolores en el pecho y espalda, curaciones milagrosas que no servían de nada y su cada vez mayor debilitamiento. 
Comenzó a calmarse tras un par de minutos,  levantó el vaso volcado y fue arrastrando su humanidad hasta la mesa de metal donde ya estaba servido un plato humeante de huevos con lo que parecía ser unos brócolis hervidos. Suspiró. Antes de cualquier reclamo la mujer le dio un nuevo vaso con agua y le recordó sobre las medicinas, el viejo cogió un tenedor y comenzó a desayunar. Observaba las paredes de color verde y le hizo el comentario a la niña que le jugaba con la comida en el plato contiguo:
 
-hay que pintar nena- no dijo más nada y siguió comiendo.
 
Casi cuando eran las 11 de la mañana el viejo se acostó en la cama y escuchó cuando la mujer de su hijo (que era casi una niña cuando llegara a la casa) encendía lavadora y  estéreo; así comenzaba una nueva jornada de música a todo volumen con canciones populares y los movimientos pélvicos de la joven. Sintió náuseas y cerró los ojos, aun sintiendo los movimientos de todo el universo escuchó el camión de la basura, el scrath  violento de algún pobre diablo que seguramente no conocía la zona y se había aproximado a una velocidad endemoniada al tope, los acelerones de los microbuses que buscaban ganar pasaje, el ladrido del perro de los chicos de Arguello, y todas las ondulaciones de ese mundo vivo que para él solía reflejar un estado de ánimo cada vez más cansino. La cama daba vueltas sobre sí misma y todo fuera de ella adquiría velocidades de vértigo. Vomitó el huevo y los vegetales cocidos. Por suerte había alcanzado a girar la cabeza lo suficiente para hacerlo en la cubeta. Roja, burlona. Como si todo su cometido en la vida fuese ese momento que el viejo consideraba como el peor. Termino todo, se incorporó y sacó el bote hasta el baño, sintió los ojos de la muchachilla en la nuca pero no volteo en ningún momento. Enjuagó la cubeta con el agua de la piletilla y se dejó caer sobre el banco. No tenía fuerza, la maldita energía se  había ido, como todo, como sus ganas de cuidar a Nora, de hacer un par de idas al tianguis a la semana, de ver los juegos del Morelia, o siquiera de ir a las juntas de los de la tercera edad que cuando no estaban todos congelados por el frio invernal salían de sus tumbas en vida para ir a asolearse un poco, y consolarse sobre las miserias de que eran presas; algunos en menor medida, los más, jodidos porque la muerte se negaba a acudir por ellos y les mantenía sujetos a ese destino.
 
-quiere papitas cocidas para la comida?- escuchó de nuevo la voz cuasi infantil de su nuera. Por todo gesto el viejo alzo la mano e hizo una seña como de que continuara; como si de verdad importase que la comida que hicieran le durara en la panza más de 1 hora, pensó.  Para todo caso la misma suerte corría un pato bien asado que un plato de judías sin sal. Pero no siempre había sido así, no; aun recordaba esos buenos días cuando su nieto Erick le había dado a guardar una bolsa con marihuana, de la corriente que vendían los chavos de la 25. Fue un buen tiempo porque no importaba que las medicinas para el cáncer lo estuvieran devorando, el dolor se desaparecía y las sensaciones de mareo  se iban volviendo cada vez un mal chiste inventado por Dios. Sin embargo los daños eran mayores para la jodida salud, para el pulmón que prácticamente estaba en las últimas, gracias a los años tirados en el pinche vicio, más humo  y humo.
 
-el humo lo está matando don Ramiro!- escucho esa mañana de julio al doctor. Quería decirle que tenía hambre, que por primera vez en muchos meses ya no vomitaba hasta el agua por las náuseas y que había empezado a volver a creer en salvarse. Pero todo se desvaneció, como los viajes con la hierba. Ahora estaba de nuevo en el tobogán de desesperanza que se negaba a dejarlo, con el maldito dolor en la espalda todo el tiempo, con las flemas que se anidaban cada tanto, los cada vez menos fuertes apretujones que daba a su esfínter para controlar lo inevitable, con el incesante dolor de cabeza y la fatiga crónica. Estaba en el borde de toda la existencia y parecía que nadie se daba cuenta que ya no tenía ganas de luchar, que había obtenido su boleto para dejar de hacerlo esa tarde que le confirmaron las sospechas del cáncer, que había dejado de importarle lo que sucediera en adelante cuando murió su mujer, que amaba y quería en demasía a sus dos hijos y sus 6 nietos, pero ya estaba harto de esperar, de no tener el control de lo que en más pasaría. De vivir en la zozobra de lo que sus fuerzas le daban; eran casi las 3 y veinte de la tarde cuando alzó la mirada hacia el cielo azul pardusco de esa parte de la ciudad y sintió la ráfaga de aire frio, de fines de otoño. De esperanza, de una navidad tranquila. Entró a comer en espera de la vomitada de la tarde y tras acontecer esto último, observo el ritual de Erick para colocarse  el short de juego y luego el pantalón de mezclilla, como guardaba la casaca azul y roja con el número 6 en la espalda y le chiflaba al loro de su tía.
 
El viejo le llamó y le dijo: -a tu edad yo usaba el 11. En el equipo, de allá, del pueblo- bajó el rostro mientras observaba que el muchachillo meneaba la cabeza en forma despectiva, cómo si la mierda de usar un número hiciera la diferencia. Era futbol de la colonia, no un torneo importante, igual el chico ni gustaba tanto del deporte como de las chicas y de hacerse pendejo. El chico se alejó mientras intentaba meter unos coloridos zapatos en una mochililla. Menos del tiempo esperado todos iban caminando, excepto los dos nietos arriba de 10 que iban en las bicis y Erick que se había ido en el carro de un cuate del equipo. A su paso se iban deteniendo para que el anciano jalara aire y saludará a uno o dos conocidos que terminaban cualquier frase con -que se mejoré Don Ramiro!.
 
El ratón tocó para Leo, éste retrasó al zaguero quien ante el acoso de dos chicos del equipo rival reventó el balón hacía una de las bandas, alejada de la única grada de cemento que servía para resguardar los traseros de unos cuantos que echaban gritos, como si todos supieran que hacer; silbatazo, el árbitro marca saque de manos a los de morado y rojo, el lateral se cobra y los chicos de la banda presionan para evitar que les tiren el centro a los dos del frente, y es que pese a que están marcados el error se puede producir. Balón dividido, sale el contención a reventar el esférico una vez más mientras Erick trata de hacer un sprint sin atinarle a las piedras que a esa hora de la noche son meras siluetas. La de gajos corre sin dueño hasta ir a parar cerca de uno de los corners donde una filosa piedra le impide salir, queda muerta mientras zaguero y atacante se lanzan por ella. Los couches gritan de todo y en una fracción de segundo la pelota es tirada fuera nuevamente. La grada se nutre de los chiflidos y gritos de los padres y familiares de los combatientes. Por ahí uno de los progenitores empieza a correr un Don Pedro, aparecen vasos blancos y unos hielos que alguien más ha sacado, por allá sacan los refrescos y de una de las primeras filas salen las primeras caguamas de la noche.
 
-órale pinche Teo! Tienes abierto todo el rato a Chalo! No mames! Grita el couch desesperado mientras uno de los suplentes le alcanza un vaso transparente con cerveza. Medio minuto después el contenido yace en mitad del campo regado.
 
Cae el primer gol y el ánimo se caldea entre las 50 o 60 personas que se dan cita, mientras unos espantan los moscos con las manos, con el humo, con insultos;  los más le dan sorbos grandes a los vasos de cuba libre para olvidar todo. El viejo observa las palomillas que revolotean en las dos farolas que iluminan el campo de tierra apisonada y piedras, como pelean cada palmo de haces de luz que calientan sus espíritus, y antes de darse cuenta siente dos lagrimas gruesas correr, gruesas como un rio desbordado tras el paso de un huracán. Un par de asientos abajo está su hijo, su nuera y su nieta, luego están los vecinos ahí pegaditos, el compadre Salomón y los mecánicos que vienen a apoyar a su compañero de vicio que ahorita la funge de técnico. Ve  un destello cuando la bola sale taponeada hacia arriba, y el baño de luz que recibe por parte de la farola marca su circunferencia fosforescente en un arco descompuesto que va a ir a parar en alguna parte del área grande del equipo de la colonia que usa uniforme azul cielo. El viejo se levanta de la frialdad del cemento, y del bolsillo de la camisa por debajo del suéter saca la pequeña navaja que retiró de la máquina de rasurar. Se abre dos tajos enormes en ambos brazos y empieza a sonreír. Por primera vez en muchos años.
 
El marcador se mantiene con victoria de uno a cero.
 
SR Diciembre 2014

 

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