Tal vez la 1 am, tal vez antes o mucho después porque hace demasiadas horas que no alcanzo a comprender los números que el reloj de pulsera me avienta sobre el rostro con su iluminación verde chingame las retinas, estoy completamente a oscuras en este sitio mientras afuera la ciudad hierve y se sacude en constantes palpitaciones de tragedia o de comedia según se interne la gente en las fauces de cada colonia. A menos de 100 metros, una mujer aúlla o grita o canta cientos de melodías que ha aprendido de sus miles de horas metida en la diminuta caseta en donde atiende a los sujetos que aparecen diario por ahí, tal vez un par de cilindros mágicos que mueven la música de atrás hacia adelante, mientras el dia se escurre como el sebo en sus lonjas. Es una buena mujer, llena de vida y de color en su cabello desde que la conozco, desde que ella me conoce, desde que todos en la cuadra le llaman por su nombre y ella sonríe o grita o escupe alguna frase hiriente y todos somos condenadamente felices por escasos minutos. Bebo cerveza o whisky como siempre que siento que la cosa va a terminar de manera rápida, como si con cada trago los sentimientos fuesen a desaparecer o fuesen a aterrizar en distintas direcciones que el mismo dios ha dispuesto para que los enajenados nos columpiemos en ello; tal vez no fuese tan divertido si oyesen a esa mujer lanzar por quinta vez en menos de 10 minutos ese grito cacofónico que destroza las cuerdas vocales y los tímpanos, que se sacude en violentos espasmos llenos de resentimiento hacia la vida que le ha tocado o que ella misma ha fomentado con su carácter agrio y las miles de obscenidades que grita mientras el cielo es azul y el dia ilumina todo.
Y escribo una historia mientras la escucho cantar, y es una historia trágica porque no hay de otra, me gusta sentir el daño en las percepciones, tan lleno de mierda interna que los gritos de las personas se pierden en los pantanales de unas lagrimas llenas de historias que solo a un par de idiotas les conmueve y al resto les parecen melodramas cargados de basura; ella canta, yo escribo, y el resto del mundo pareciese que esta conforme con el papel minoritario que la obra les ha deparado, cómo si la noche no fuese lo suficientemente perniciosa para que sus historias se cubrieran de oprobio y lamentos sin destino, de fuerza perdida y eruptos mentales que a final de cuenta no llevan ningún destinatario, solo la noche y la noche que nos corrompe a todos los que de alguna manera estamos inmersos en historias cruentas o idiotas.
Son de esas noches que uno no quisiera recordar, porque basta mirar el cielo negro y las pocas o cada vez mas escasas estrellas que se dejan vislumbrar, para comprender que la soledad pega siempre que miras hacia arriba, buscando respuestas, tratando de discernir si en realidad estamos tan jodidamente solos como lo hemos atestiguado desde la conformación del pensamiento racional, o tal vez es porque recuerdas a todos tus condenados muertos e inclusive a ese hombre de la barba canosa que antaño te cubriese el culo mientras intentabas averiguar que jodidos había salido mal para que el pinche auto se estrellara en una pared y dejases embarrada la mente en ella, como si toda la seguridad de lo que eras se hubiese ido con ese error, pero es comprensible; eras un condenado crío que aún lloraba por las noches, qué no es que no lo hagas hoy en día, pero en aquel entonces presagiabas un futuro mejor, todavía creías que el mundo te deparaba esas aventuras que tanto disfrutabas leer en los libros, en las condenadas novelas de viejos guerreros que dejaban su vida, su arte, su pasado y futuro en las letras perdidas y redactadas por la mente de algún condenado extraño .
Pero no solo son esas historias tristes las que me motivan a seguir vertiendo los demonios, son esas otras historias que en algún momento del dia aparecen dentro de mi cerebro, se cuelan como el sol en medio de la niebla más cerrada. Quiero creer que son rayos de esperanza o algo semejante pese a que no son para nada algo benévolo siquiera, más bien son los remansos de ese espectro demoledor que durante los pasados años ha acostumbrado a mi cerebro a responder con ciertas actitudes cuando todo parecería que es necesario hacer lo contrario. Uno de los aspectos más jodidos es que no pocas veces los lamentos terminan por aparecer en donde debiese haber risas. Pero así esta bien, así me gusta ver la vida, como un eterno conglomerado de ideas que se arrastran hacia la superficie mediante artificios erróneos. Donde debiese haber felicidad, normalmente hay odio y viceversa; así por el asunto. También es muy cierto que no pocas veces las letras se atoran en la yema de los dedos, como si todos los motivos que bastan y sobran fuesen poca mierda, una situación limite a la inversa. Ríos de precipitaciones a punto de congelarse, a punto de desaparecer en el saturado universo. Son estos párrafos inmensos, a punto de ser imposibles de leer, de comprender, de decir todo y en realidad quedarse completamente callados y sin fuerza alguna para sobrevivir fuera de dos o tres líneas que aparentemente se confundieron y terminaron en un lugar imposible de sobrevivir. Son también los ritmos innecesariamente ríspidos, apoyados en gritos o susurros de desestabilidad que avientan sus chorros inmensos hacia la parte norte del cielo, hacia todo aquello que queda en la nada, en el flujo continuo del mismo universo. Palabras innecesarias mientras el sabor del whisky se confunde con el de la saliva propia, la misma combinación que antes siquiera pudieras observar, como si todo fuese un eterno cataclismo que va acomodándose según transcurren los latidos del cerebro. Pero no pasan los minutos, no pasa el tiempo que parece estar congelado, atrapado en su propio y conveniente flujo, avasallando los pocos eventos que se suceden mientras el resto del pensamiento corre y se revuelca en el apartado de la incredulidad, de la vida que se escapa en cada palpitación, en cada miserable choque eléctrico producto de ideas, de risas, de suposiciones que a fin de cuentas se terminan antes siquiera de poder creer. Porque la sola presencia o ausencia de mujeres, o en especifico de esa mujer de rostro impenetrable, se hace visible con la marea alta del alcohol que recubre los sentidos, la misma mujer que tal vez dentro de unos años comience a cantar en un karaoke las canciones que hoy le dedico, a su manera; cargada de otros símbolos, pero al final emparentándose con la historia lúgubre de un sujeto de barba rala que habla generalmente de él en tercera persona y muchas veces bebe para recordar los rostros de esas hembras que en algún momento de la vida le dejaron cicatrices en las neuronas, en los conductos portadores de ideas y locuciones poco visibles y menos reales que la existencia de mujeres débiles. Al fin y al cabo la vida que el tipo ha redefinido como un rompecabezas se siente plana, carente de alegrías y plenamente identificada en el plano del fracaso. Vuelve como un bumerang incansable a la fuente del problema, o mejor dicho a la conclusión de las fatalidades. La suma de las ideas estúpidas que aparecen inconclusas según se acerca la hora del cierre. La magra existencia de palabras reconfortantes y útiles para la consecución de una bonita historia donde la mujer de muchos kilos y años a cuesta, se enfrenta en un campo imaginario contra el sujeto de los ojos eternamente rojos y la nariz picada por una mala higiene; sin vencedor porque la vida no puede ser definida –según quien escribe estas mierdas- como una lucha constante entre dos pares; la vida en realidad es la conflagración entre dos pedazos de mierda, uno más que el otro. Para el viejo raro y a ratos infeliz, la negra noche termina sobre ellos, sin esperanza de salir del foso, carentes de fuerza para siquiera subsistir contra las trampas que alguien sin escrúpulos traza en el camino.
SR. Invierno 2014
No hay comentarios:
Publicar un comentario